Acorralar, intimidar, asustar, acordonar, confinar, encarcelar, aprisionar, cercar o doblegar a todo lo que sea diferente, lo que no encaje, no suene, no sea aprobado, no cumpla los estereotipos clásicos y normalizados.

Se aplica la encerrona cuando se tiene el poder de hacerlo, cuando se porta un traje negro, un casco, un chaleco antibalas, y un escudo anti motín y se actúa bajo la orden estricta de convertirse en un muro impenetrable.

Antes era el agrupamiento de Granaderos de la Secretaría de Seguridad Pública de la Ciudad de México, ahora es el Comando de Operaciones Especiales, que se despliegan durante manifestaciones o actos que pongan en riesgo a la ciudadanía.

Entonces salen en fila y se colocan donde la instrucción se ha dado, y los hombres y mujeres se convierten en una especie de policías cegados por la indumentaria y el equipo que los diferencia de los que aparecen frente a sus ojos, con pancartas y causas que no deberían ser escuchadas, ni mucho menos defendidas.

Así pasa con las mujeres, los gays, los trans y la comunidad LGTB que se manifestó este fin de semana en el marco del Día Internacional de la Memoria Trans a raíz de la ola de violencia transfóbica que ha puesto a nuestro país en el segundo con más asesinatos de odio en Latinoamérica.

Se odia lo que no va y se envía la artillería pesada para opacarlos, callarlos y derrotarlos.

Todo como si fuera una competencia y una rivalidad eterna, una especie del bien contra el mal, de lo conservador con lo liberal, de lo que es y lo que no puede ser.

En la foto de Mario Guzmán de la agencia EFE, captura el momento en que cierran filas dos líneas de policías para apretar a los integrantes del movimiento. Unos miran hacia el suelo para no caer o al menos para no dejar de tocar el piso con sus pies, otro lanza la mirada de odio y enojo y el resto se protege, se cubre el cuello, levanta el brazo en señal de defensa y se quedan allí.

El odio también se traduce en la intolerancia, y la policía no acordonan para restablecer el orden, sino para quebrantar las voces que exigen respeto y un espacio en la sociedad, como lo que son, hombres y mujeres que defienden su causa.

Pero los de negro no los dejan pasar, los odian y los repudian y entonces les golpean y les achican el espacio para que se les vaya el aire y sientan la fuerza del poder.

Ellos sí son mayoría, ellos sí pueden, mientras que los que son menos, no y no les queda de otra mas que alejarse y replantear sus marchas, sus pancartas y sus gritos de ayuda porque no quieren morir por ser diferentes, solo quieren un espacio para hacer lo que todos hacemos: vivir.

La foto se apega a la realidad y no a una era interpretación de lo usted o yo podamos ver.

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Foto: EFE/ Mario Guzmán