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El entierro es ese momento final donde puedes imaginar al cuerpo de la persona fallecida aún tangible, palpable, existente, como si aún viviera.

En esos momentos todavía el rostro sigue estando fresco en la memoria, y en ella los recuerdos comienzan a darle mayor intensidad a las imágenes que se ligan a las emociones y es por eso que lloramos, nos duele y aprendemos a despedirnos.

Decimos adiós cuando cierran el féretro. Nos despedimos una y otra vez, como si nos escucharan o fuéramos vigilados por alguna cámara oculta que le mostrará después al ya fallecido, lo que sucedió en el velorio.

Todos con cara de tristeza, con el cúmulo de todo y no saber que hacer con tanto. Por eso sentimos un vacío en los funerales, porque es una embestida de lo que suponemos está intacto y en nuestra incapacidad emocional y racional, nos afligimos y angustiamos.

¿Y ahora?

Y cuando llega el momento de bajar a la oscuridad y frialdad de la tierra al ataúd, solo los más cercanos y yo diría, valientes y fuertes se acercan para tirar de las cuerdas y sostener el peso junto con los trabajadores del panteón.

Una energía de agradecimiento entre los conocidos y desconocidos que jalan de un lado a otro, una y otra vez para que quepa en el espacio escarbado, que nunca suele ser exacto.

Entonces se acerca el momento final y nunca más lo verás. Vendrá la tierra, una capa, otra capa, otra, otra más y después el color del féretro, el cuerpo recostado no se verá más.

El cariño y las amistades que formaron los jesuitas Javier Campos y Joaquín Mora en la comunidad de Cerocahui en Chihuahua están en la fotografía que hoy comparto en este espacio y que fotografió el fotoperiodista Luis Torres.

El día de hoy fue el sepelio de ambos sacerdotes jesuitas, quienes fueron asesinados hace una semana en la iglesia de San Francisco Javier.

Los abrazos no acaban con la violencia, esos solo aparecen al final, cuando los balazos acaban con la vida de dos padres jesuitas y de la manera más cobarde.

Lo que la comunidad jesuita siempre nos enseñó en el Instituto de Ciencias en Guadalajara, fue que Dios estaba en todas partes, que Dios era amor y que lo podíamos encontrar en un sinfín de lugares, en los amigos, por ejemplo.

En la imagen, el reflejo de quienes hicieron su trabajo y su vocación.

Qepd.

El entierro - 8305ab44b66d9f1f3505da1f05c3655bb5286601w-1024x689
Foto: EFE/Luis Torres