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Hay en la opinión publicada de ayer demasiadas certezas anticipadas sobre el nuevo gobierno. La primera de ellas, que será una calca del anterior.

Hubo mucho de eso en la toma de posesión, pero hubo también otras cosas. Ayer me referí al acento no rijoso de su discurso, que me parece un cambio bienvenido frente a la intemperancia del anterior gobierno.

Subrayé también que haya puesto la causa de las mujeres en el centro de su discurso. No de su discurso personal, sino del discurso histórico de los presidentes de México.

Nunca habían ocupado las mujeres un lugar tan alto en los compromisos de un gobierno. La presidenta Sheinbaum las ha puesto en el más alto nivel de sus compromisos.

Lo digo como un reconocimiento, pero también como una pregunta: ¿Cómo honrará su compromiso? ¿Puede hacerlo? ¿Puede realmente cumplir su promesa de una igualdad sustancial para las mujeres?

Creo que no, pero la pregunta seria no es si puede lograrlo, sino cuánto.

Habrá que medir cuánto, y para medir no hay sino medir.

Me pregunto cuál es el estado actual de la igualdad sustantiva de género.

Antes que eso: ¿qué es la igualdad sustantiva de género? ¿De qué estamos hablando? ¿Cómo la medimos? ¿De dónde partimos? ¿Adónde queremos llegar?

¿Cómo la mide el gobierno? ¿De dónde parte el nuevo gobierno? ¿Adónde quiere llegar?

Estamos hablando de la discriminación de la mayoría de la población mexicana, las mujeres. Lo primero es dejar de hablar de ellas como una minoría.

Las mujeres han sido tratadas siempre como una minoría, como un apartado de las obligaciones filantrópicas del gobierno.

Ahora han pasado al centro del discurso presidencial.

La pregunta es la de siempre: ¿cómo bajar del discurso a la realidad?

La respuesta, creo yo, es un poco tecnocrática: hay que medir lo que se quiere corregir, tomar decisiones para corregirlo y medir si las decisiones corrigieron lo que buscaban corregir.