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Del Foro Económico Mundial que se celebra cada año en Davos, Suiza, nunca saldrán los acuerdos para resolver los grandes problemas mundiales. Pero sí es una gran oportunidad para intercambiar conocimientos y experiencias entre los gobernantes, los expertos y los más ricos.

Este encuentro de invierno, que está por cumplir medio siglo de llevarse a cabo, es mucho más que una pasarela fifí de neoliberales.

El foro que inicia mañana tendrá importantes ausencias que seguro pesarán más a los que se lo pierden que a los que sí lo atienden.

Quizá uno que tenga mucha razón en no moverse de su silla para viajar a Suiza es Emmanuel Macron, el presidente de Francia, que con la crisis política desatada por los llamados Chalecos Amarillos, podía ir al resort de esquí suizo y regresar sin trabajo como presidente.

Ante esa crisis, lo importante es que trate de desactivar este movimiento que inició como protesta social y que ahora se ha convertido en un intento político de desestabilización.

La ausencia de la delegación estadounidense es la más notable, pero tampoco sorprende ante ese estilo egoísta de gobernar del presidente de Estados Unidos.

A Donald Trump se le nota la desesperación de no poder controlar a los demócratas, a los medios, a los chinos y demás, tal como había estado acostumbrado a controlarlo todo antes de ser presidente.

Una cosa es que no asista el presidente de Estados Unidos y otra muy diferente es que la delegación completa cancele su asistencia.

Sin Trump serán los medios los que más extrañen la falta de momentos épicos de la relación personal del presidente con los líderes mundiales. Pero la falta de interlocución con funcionarios clave del gobierno republicano sí es una pérdida importante.

Hoy deberían estar rumbo a Suiza los secretarios de Estado, Mike Pompeo; del Tesoro, Steven Mnuchin; de Comercio, Wilbur Ross, y el representante comercial, Robert Lighthizer, entre otros.

La interlocución que pierden estos funcionarios con los líderes del mundo es incomparable con el costo de llevarlos a Suiza en medio de la parálisis gubernamental. Pero es la seña del berrinche del presidente Trump lo que priva.

Otra ausencia incomprensible es la del presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador. La lucha contra el robo de combustibles es un mal pretexto para un líder que se estrena en el mundo.

Es un hecho que no es el ambiente en el que le gusta moverse al presidente mexicano, disfruta mucho más la plaza pública en la que sabe que le van a aplaudir, donde anticipa algún rechazo mejor cancela, que el codeo con los más poderosos, más influyentes y más ricos del planeta.

Pero hoy López Obrador no representa a un partido de bandera de izquierda, hoy es el presidente de la decimoprimera economía más grande del mundo, del país más abierto al comercio internacional, a la nación con una de las monedas emergentes más importantes del planeta. No es López Obrador, es el presidente de los Estados Unidos Mexicanos el que debería estar en Davos.

Por lo demás, la parte más morbosa de lo que habrá de suceder en el Foro Económico Mundial que inicia mañana será ver cómo el ultraderechista presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, se queda solito con todos los reflectores de este encuentro de invierno.