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No quiero caer en la inmoralidad del plagio, pero no retuve el nombre del autor de la frase que leí hace un par de semanas en el diario MILENIO, y que me cuadra, aunque cito de memoria: en los temblores, lo primero que cae son las estatuas.

Luego de movimientos mucho más serios que los telúricos, que son los sociales, he tenido personalmente la oportunidad de ver caer muchas estatuas. De Stalin en el mundo socialista, de Saddam Hussein en Bagdad, luego de la intervención norteamerigringa, de Fidel Velázquez en todo México, de Nicolai Ceauscescu en Bucarest, de López Portillo cabalgando en la salida al norte de Monterrey, del dictador de Azerbaiyan, sobre paseo de la Reforma, y más recientemente y sobre la misma vía, la estatua de Cristóbal Colón, por órdenes de la esposa del entonces presidente de México, en los efluvios de sus mutuos complejos de inferioridad.

A la glorieta le seguimos llamando Colón: no hay taxista que coma lumbre. Y, bueno, aunque no fue estatua, me dolió también la idiotez de acabar con la Palma y su glorieta, igualmente sobre Reforma. Dice la ronda española infantil, que al jugar a las estatuas de marfil, el que se mueva tiene que bailar un triz con su hermana la lombriz, que le apesta la nariz. Ciertamente, no parece muy grato un destino estatuario.

De eso sabe la Flechadora de las Estrellas del Norte, que mejor conocemos como la Diana Cazadora; tal vez detrás del Ángel de la Independencia, la más famosa estatua de nuestro país.

Ordenada por Manuel Ávila Camacho a Olaguíbel/Mendiola, vino a ornamentar el paseo afrancesado en 1943, provocando el enojo de las buenas conciencias por el desnudo magnífico del cuerpo de una muchacha de 16 años que se llamó Elvia Martínez Verdalles, que trabajaba en PEMEX y que tuvo toda su vida ligada a esa empresa, aunque mantuvo por años oculto su papel -sin paga- modelando a la Diana. Tanto, que en 1952 volvió a posar para la fea estatua de la fuente de Petróleos.

Doña Ana Soledad Orozco García, para sus amigos Chole, de la rancia y rica sociedad de Zapopan y esposa del presidente Ávila Camacho, encabezó el movimiento de la Liga de la Decencia para que se cubriera la desnudez de la Diana con un taparrabos. Y así se hizo.

En 1967, ante la inminencia de los juegos olímpicos de verano en México, Gustavo el abominable Díaz Ordaz, y especialmente el regente de la ciudad, Alfonso Corona del Rosal (que se sentía seguro para sucederlo) decidieron que no podía la gran ciudad hacer ese olímpico ridículo y ordenaron se le quitara el taparrabos. Con tan mala suerte que la estatua original conservó huellas del adminículo y la remoción.

Olaguíbel recibió orden de volver a fundir la estatua; muy en la tradición mexicana, Corona del Rosal se llevó el original a su natal  Huixquilucan, donde luce con todo e historia; la vergüenza del México mocho quedó escondida, con la copia que está en el paseo de la Reforma.

Regresemos al futuro. Alessandra Rojo de la Vega Piccolo, hasta hoy alcaldesa de Cuauhtémoc, mandó quitar de la plaza Tabacalera una estatua de los sedentes Fidel Castro y Ernesto Ché Guevara, que ahí mandó poner en 2017 el entonces capitoste de la gran ciudad Ricardo Monreal, en recuerdo del momento en que los dos revolucionarios se conocieron en el número 49 de la calle Emparás, ahí mismo.

Una obra de Ponzanelli. Bastante mala.

Dice la señora Rojo de la Vega, y no lo dudo, que la estatua fue pagada por la entonces delegación, hoy alcaldía, y que por tanto le pertenece. Alejandro Encinas, empleado de Clara Brugada con el título de secretario de Planeación, Ordenamiento Territorial y Coordinación Metropolitana, afirmó ayer que, según la ley, todas las estatuas en lugar público son parte del patrimonio cultural urbano de la Ciudad, y que su tocaya Alessandra no puede hacer con la estatua lo que le dé la gana.

Desde luego, muy en el estilo de esta etapa del cuatrote, ofreció llegar a un “acuerdo”, en el que nadie se duela.

Que todo cambie, para que todo siga igual.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): La teoría del karma afirma que lo bueno que hacemos retornará en bien, y que nuestra maldad encontrará camino de regreso en algún momento. Los mexicanos dicen que no hay que escupir hacia arriba, porque luego el escupitajo caerá en la cara. Un griego dejó la frase de que a toda acción corresponde una reacción, y eso no es solamente física.

Usted puede creer en lo que quiera,  pero eso es lo que está pasando con la aeronáutica civil mexicana. El papá de Andy, desesperado con un aeropuerto de lujo sin pasajeros ni aviones, ordenó reducirle spots (horarios de salida y llegada) en el aeropuerto de la capital,  a las aerolíneas norteamericanas y cerrar la operación de carga en el aeropuerto Benito Juárez para que se fueran a su lejano juguete.

Dice la señora presidente que por cuestiones de seguridad.

Creo que ya tienen la respuesta de Washington.

Alegría no debe darnos.