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Leí en estos días la erudita y deliciosa reflexión del historiador Jean Meyer (https://bit.ly/2RIjsE8) sobre el poder del culto mariano en la imaginación cristiana, y sobre la fuerza de la fe que salta, invencible, por la contradicción más grosera del culto: el hecho de que una virgen haya podido engendrar, dar a luz y seguir virgen.

La reflexión de Meyer me recordó la escena constituyente de la vocación de Ignacio de Loyola, un hombre de armas vuelto hombre de fe, al paso de una anécdota increíble.

Camino al monasterio de Montserrat, donde Íñigo empezaría a volverse el fundador de la Compañía de Jesús, se emparejó con su mula por el sendero un moro de a caballo, un moro converso, vuelto cristiano para evitar la expulsión de los no cristianos de España, decretada en 1492.

A querer o no, Loyola y el moro acabaron hablando de religión . El moro le preguntó maliciosamente a Loyola si él podía creer realmente en esa contradicción de que una virgen pudiera engendrar, parir y seguir siendo virgen.

Loyola se inflamó por dentro ante las dudas del hereje y quiso castigarlo pero no quiso decidir él, sino que se puso en manos de la Providencia.

Al llegar a un punto donde el camino se partía en dos, Loyola soltó la rienda de su mula y decidió que si la mula seguía por el mismo camino que el moro, él le ajustaría las cuentas teológicas al moro cosiéndolo a puñaladas. Pero si la mula tomaba un camino distinto del moro, entonces la Providencia habría elegido para él que siguiera su camino a Montserrat para entregarse al servicio de Dios.

La mula eligió bien, no siguió con el moro, o quizá el moro percibió el malhumor del turbulento hidalgo y tomó por diferente sendero, lo cual le salvó la vida al moro y salvó también la vocación religiosa de Loyola, que cambiaría la cristiandad.

“Admirable sabiduría la de la mula”, escribe Jean Lacouture, autor del libro de donde tomo la anécdota, y “extraño convertido este (Loyola) que se fía del arbitrio de su montura para determinar si será un asesino o uno que simplemente pasó de largo” (Jesuitas, Paidós, 1994,vol. 1, p. 34).