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A medio siglo de la marcha del silencio, miles de estudiantes volvieron a caminar del Museo de Antropología al Zócalo de Ciudad de México. Las razones expresadas este 13 de septiembre difieren de las que impulsaron a los jóvenes del 68. El país ha cambiado mucho.

Entonces, los estudiantes se enfrentaron a un régimen represor y sordo, incapaz de aceptar exigencias y menos en la plaza pública. Cualquier movimiento más allá de sus tentáculos implicaba amenaza y “riesgo” para la estabilidad del país. Era un régimen autoritario y como tal respondió.

El pliego petitorio del CNH en 1968 revela la naturaleza de la protesta y del sistema imperante, sobre todo en la exigencia de liberar a presos políticos, desaparecer a los granaderos, destituir a jefes policiacos e indemnizar a víctimas.

Si bien las demandas de los jóvenes se centraban en agravios inmediatos, sin una ruta definida para democratizar al país, al final había un reclamo de libertad. Querían pensar, decir y hacer; romper los moldes del sistema paternalista, corporativo y patrimonialista que los asfixiaba, mientras el mundo se sacudía por una revolución cultural profundamente emancipadora.

Hoy los estudiantes ya no enfrentan a un gobierno que se cree legitimado para reprimir. Y no es que los actos autoritarios hayan desaparecido, pero al menos ya pueden denunciarse. El reciente encuentro del presidente electo con víctimas de la violencia refleja la nueva realidad.

No obstante, la inquietud de los estudiantes muestra que no todo ha cambiado para bien. Sus demandas son más básicas aunque no menos importantes que las del 68: poder estudiar en paz, sin acoso ni violencia, y tener autoridades que cumplan su función primaria.

La protesta ya no es por la represión, sino por la incompetencia del gobierno. En el 68 se luchó contra los excesos del gobierno; ahora se exige más, un buen gobierno.

A 50 años subsiste un reclamo común: el fin de la impunidad. En 1968, la del propio gobierno, y en 2018, la de los criminales a los que el gobierno no les hace frente.