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La polarización viene de tiempo atrás; tiene como origen el descontento con el estado de cosas y la capitalización electoral de esa circunstancia por parte de Andrés Manuel López Obrador en su largo camino hacia la presidencia de la República. La insatisfacción se potenció por el deterioro de las condiciones materiales de la población y la percepción de venalidad en el aparato gubernamental y político en la supuesta colusión con los grandes intereses económicos. La división entre las víctimas y los malos rindió espléndidos resultados en las urnas para el candidato López Obrador. El problema es que el régimen se quedó entrampado en tal narrativa, complicando el ejercicio responsable del gobierno.

Ya en el poder, la polarización no debió dominar el discurso oficial. No había necesidad porque el régimen contaba, además de un amplio consenso, una robusta mayoría legislativa. Mucho se pudo hacer para mejorar lo existente, pero se optó por destruir, colonizar los órganos autónomos de control y auditoría del gobierno, centralizar el poder y privilegiar los objetivos electorales. La virtual amnistía a los criminales representó una afrenta al Estado de derecho. La polarización desde el gobierno resultó exitosa para ganar elecciones, los comicios de 2024 lo muestran, pero no para atender los problemas del país, incluso algunos de ellos se han agravado.

Los desafíos que encara la actual administración se han incrementado. El margen de maniobra en todos los ámbitos, incluyendo el internacional y el financiero se han estrechado de manera preocupante. Un error mayor fue haber acabado con la autonomía, imparcialidad y profesionalismo en el Poder Judicial. La consecuencia es que ha impactado la confianza pública y la de los actores relevantes de la economía.

El país, por la magnitud de los problemas que enfrenta, requiere de un sentimiento compartido de unidad. No ha ocurrido así porque la polarización, por diseño, se ha impuesto. Dos amenazas persisten no sólo para el gobierno, sino para todo el país: el palmario embate del crimen organizado y la hostilidad del gobierno del presidente Trump. La polarización quizás persista como recurso para ganar votos, pero difícilmente para gobernar bien y mucho menos para unificar a los mexicanos.