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El Gobierno de Trump ha endurecido más las restricciones para obtener visas y entrar a EE.UU., en medio de un récord de deportaciones

Hace una semana —en el marco de la FIL— la Universidad de Guadalajara concedió el doctorado honoris causa al escritor Sergio Ramírez. Al recibirlo, sus palabras rugieron dulces en el Paraninfo de la Universidad resguardadas por los murales de Orozco: El hombre creador y rebelde y El pueblo y sus falsos líderes. Sergio es el hombre creador y rebelde hostigado por dos crueles dictaduras.

En septiembre de 2021 la tiranía Ortega-Murillo ordenó su detención y Sergio se exilió en España. En febrero de 2023 la dictadura le retiró la nacionalidad nicaragüense, le expropió sus bienes y le quitó su título de abogado. Escribió entonces: “Nicaragua es lo que soy y todo lo que tengo, y que nunca voy a dejar de ser, ni dejar de tener, mi memoria y mis recuerdos, mi lengua y mi escritura, mi lucha por su libertad por la que he empeñado mi palabra. Mientras más Nicaragua me quitan, más Nicaragua tengo.”

Al recibir su doctorado honoris causa, el ganador del Premio Cervantes habló del peso del exilio, de su incertidumbre y de la nostalgia, de la imposibilidad de regresar a la tierra de nacimiento, del síndro-

me de la maleta abierta que revela ese límite entre dejar crecer las raíces o desplegar las alas. También charló de la fantasía de caminar por las calles de la ciudad donde ahora vive y que lo lleven a otra, tal vez hasta la tienda de abarrotes de su padre. Honró a las grandes plumas de América Latina que fueron arrancadas de su país: Rómulo Gallegos, Juan Bosch, Pablo Neruda, Augusto Monterroso, Augusto Roa Bastos, Juan Gelman, Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante.

Sabe que su oficio es arriesgado, que al escribir le niegan la circulación de su obra y lo condenan a vivir lejos. Sin embargo, ante el inmenso dolor y el impedimento de respirar el aire de su amada Nicaragua, él la lleva dentro: “Pero hay algo de lo que nunca nadie podrá exiliarme, y es de mi propia lengua. Porque mi lengua de escribir realidades, y de crear mundos imaginarios, es una lengua que no conoce fronteras. Por eso que las palabras se vuelven tan temibles. Porque tienen filo, porque desafían, porque no se las puede someter. Porque son la expresión misma de la libertad. Porque contradicen la palabra oficial, desafían la narrativa urdida por las máquinas de propaganda.”

La palabra de Sergio germina en sus lectores; gira en un carrusel montada en un Caballo Dorado, se cuela en las intrigas políticas del Castigo Divino, es testigo de las tertulias y conspiraciones leonesas de Margarita, está linda la mar. Acompaña a las filas de los muchachos que se despiden por la pérdida de sus ilusiones y sueños, de aquellos que lucharon y confiaron en un proceso transformador. Sergio ha impreso su palabra en cada letra dedicada a su oficio.

El doctor Sergio Ramírez no sólo lleva su tierra en su palabra, él mismo se ha convertido en Nicaragua. Cualquier dictador o dictadora que digan lo contrario no sabe de lagos ni de volcanes.