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El hotel Noor de Chetumal tiene al lado uno de los mejores restaurantes de Quintana Roo. Se llama Almina, sirven unas memorables empanadas de chaya, un soberbio salpicón de camarón, unos chilaquiles crujientes, toda clase de ensaladas originales, y una carta en inspirada y continua  renovación.

La chef del lugar, salida en sus perfectas y aladas proporciones como del dibujo de un hada de Walt Disney, nos prepara cada viaje la cena de Año Nuevo y la sirve para nosotros en la terraza del restorán, una terraza abierta al mar y, en estos días, a la brisa única de las noches chetumalenses, a la vez frescas y tibias.

Todo esto bastaría  para ungir el Almina si no fuese porque también es el lugar donde todos los días los viajeros quedamos atrapados en la ociosa  y distraída conversación de la familia.

La familia empieza a desayunar a las ocho de la mañana, y a veces a la una de la tarde todavía no han terminado de levantarse de la mesa los últimos comensales.

Unos quedan atrapados en la terraza, otros se van de compras al mercado o al universo en expansión de la bisutería que lleva por nombre El Palacio de las Pelucas. Otros van a Bacalar o a Los Rápidos, un arroyo de agua delgada y dulce que baja en una viva corriente de la laguna de Xul-Ha.

Para los que siguen en la terraza del Almina a la una de la tarde, es la hora de la botana en el mar Caribe, la legendaria cantina del pueblo, y luego es la hora del boquinete frito, o el ceviche de pulpo y camarón en el Rivero’s, o en el Padilla, o en el Pargo, grandes comederos chetumalenses, luego de lo cual hay una caminata por el malecón en busca de las perniciosas marquesitas, esas flautas diabólicas de barquillo dulce y queso holandés, cuyo consumo desaforado multiplica las colas y los kilos de niños, jóvenes, adultos y turistas de Chetumal.

Cae la noche y estamos otra vez en la terraza del Almina, conocida familiarmente como del ángel exterminador, en tributo al invento de Buñuel de aquella fiesta de la que los invitados no podían salir.

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