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México tiene la fortuna de pertenecer al club de países desarrollados de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que de hecho, un mexicano es el que lo dirige.

Ser la cola del león de un club donde algunos de tus socios son Alemania, Finlandia, Estados Unidos (EU) o Japón tiene sus desventajas, por ejemplo, en las comparaciones estadísticas.

México no suele estar en los primeros lugares de los indicadores de bienestar, de calidad de vida y de salud, ahí casi siempre caemos al fondo.

Si quitamos las estadísticas donde México sí ocupa los primeros puestos por hechos negativos, como la obesidad, hay una en la que habitualmente este país sale muy por arriba del resto y esa es la del desempleo.

La tasa de desocupación de México es una de las más bajas de la OCDE en esa fotografía estática del número de personas que reportan alguna actividad remunerada, así sea durante unas pocas horas al día y sin tomar en cuenta que lo que ganan por ella les es suficiente para vivir.

Verdaderamente, la tasa de desocupación de México es incomparable, porque nos ubica con un país en pleno empleo y eso es totalmente falso. Por eso es que cuando la OCDE le rasca a los números del sector laboral nos encontramos, por ejemplo, con uno de los más altos índices de ninis (los jóvenes que ni estudian ni trabajan).

Una medición más adecuada de la situación laboral mexicana es el indicador de subocupación, porque ahí están incluidos los que, si bien pueden tener una actividad remunerada, no les es suficiente y muchos buscan algo más que hacer.

Es mejor en todo caso comparar a México con otros países con este índice de subocupación que se parece más a las mediciones de desempleo de otros países, porque la medición de desocupación no resiste la comparación contra la condición real de millones de mexicanos.

Uno de los grandes lastres de la economía mexicana es la informalidad, porque 56.7% de la fuerza laboral de este país vive en ese mundo donde no hay prestaciones ni pago de impuestos.

El círculo vicioso de la informalidad se cierra con gobiernos ambiciosos que cambian votos por mediocres servicios de salud o de seguridad social gratuita, no vinculada al trabajo. Eso perpetúa una economía de oscuridad.

La tasa de subocupación del país se ubicó al cierre del primer semestre del año en 7.2% de la población económicamente activa, esto implica que 3.8 millones de personas están en la mejor disposición de tener alguna otra actividad remunerada diferente a la que tienen.

La población totalmente desocupada, que ni una hora a la semana llevaron a cabo alguna actividad remunerada, sumó durante la primera mitad del año 1.9 millones de personas, 3.5% de la población económicamente activa. Con ese dato somos la envidia de Europa completa.

Es justo decir que la informalidad, el desempleo y el subempleo han disminuido durante el último lustro; sin embargo, las cifras están lejos de apuntar a un país que pueda tender a los equilibrios.

Estos días tendemos mucho a comparar la situación laboral y de bienestar de los trabajadores de México y EU. Pero dentro del propio territorio mexicano se viven realidades antagónicas entre millones de trabajadores con acceso a satisfactores para ubicarse en la clase media y otros tantos millones que viven al día para conseguir sobrevivir.