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La moneda tuvo una recuperación temporal, en parte, por el desgaste del republicano.

No me queda duda de que la propuesta fiscal de Donald Trump aparecerá con frecuencia a lo largo de las siguientes semanas que le quedan a la campaña presidencial.

El adelanto de sus planteamientos en materia de impuestos parece que respondió al derrumbe que tuvo en las preferencias electorales y, evidentemente, ante el rechazo que acumula todos los días, incluso dentro de las filas republicanas.

Las propuestas fiscales que esbozó el multimillonario parecen salir más desde la visión de un empresario que quiere desembolsar menos al fisco y que lo protejan de la competencia externa, que de un aspirante a estadista que tiene que cuidar las finanzas de un país completo y tan complejo como Estados Unidos.

No hay alguien a quien le disgustaría pagar menos impuestos y recibir más beneficios del Estado. Y lo que dice Trump que puede hacer es eso: reducir la tasa máxima de impuestos, simplificar los trámites y aplicar aranceles a las importaciones para privilegiar las manufacturas locales.

Cuando Donald Trump era una broma, en la precampaña republicana prometió reducir la tasa de impuestos hasta un máximo de 25 por ciento. Hoy ya plantea 33% como tope. Y para los impuestos corporativos planea un tope de 15 por ciento.

Un dulce de ese tamaño se topa de frente con su realidad de ser un personaje cada día más despreciado hasta por su propio partido.

A la par que prometía impuestos al estilo bolivariano sus fellow republicans firmaban una carta donde descalificaban sus habilidades diplomáticas.

Trump carece del temperamento necesario para ser presidente y resultaría un peligro para Estados Unidos, dicen sus compañeros de partido. Algunos del tamaño de exdirectores de la CIA, de la agencia de seguridad interna, financieros, embajadores y militares.

En la medida en que se acumulan estas animadversiones en contra de Trump y éste baja en las encuestas, hay más tranquilidad en el mundo financiero.

Está más que claro que entre las dos opciones que hoy tiene la carrera presidencial estadounidense, los mercados ya votaron por Hillary Clinton.

El peso mexicano tuvo una recuperación temporal derivada, en primer lugar, del aumento de los precios del petróleo ante el rumor de un acuerdo entre productores.

Pero también pesó que las encuestas marcaran una diferencia mayor entre la demócrata y el millonario.

Es un hecho que uno de los primeros y principales damnificados de una Presidencia de Trump sería México; por lo tanto, cualquier alejamiento del Salón Oval se puede reflejar en algunos centavos de tranquilidad para esa moneda emergente, altamente líquida, tan maltratada en lo interno como el peso mexicano.

Ahora, quedan otros peligros por delante en la carrera presidencial estadounidense. Primero: puede ser tal el desgaste de Trump que un relevo no es descabellado.

Pero algo más viable es que Hillary Clinton tenga que dar algunas concesiones a los conservadores, a los proteccionistas, a los antimexicanos, y aplique algunas medidas que cambien en algo la relación bilateral que conocemos.

Al peso mexicano también se le nota el factor Trump y a la larga lista de indicadores que hay que seguir para anticipar la suerte de esta pobre moneda hay que sumar sin duda las expectativas electorales estadounidenses.