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Por mucho como el presidente de la República insista en el advenimiento de los nuevos tempos y el desuso de las viejas prácticas políticas (empezando por la corrupción de usar el aparato del estado para los fines del Partido), las viejas fórmulas siguen siendo vigentes y una vez llegado al cenit de su mandato las ambiciones se desatan, en algunos casos espontáneamente y en otros alentadas por presidente en turno, para experimentar cuando aún hay tiempo, si la elección del sucesor le puede garantizar un “maximato” efectivo (no reelección), como tantos han querido y ninguno ha podido.

La ambición es el motor principal en la política. El caso actual es un ejemplo: quien dijo no ser un ambicioso vulgar, ajeno a la tentación de los cargos y el oropel del puesto, resultó ser un ambicioso total, cuya vanidad no cabía en la residencia cardenista de Los Pinos y se marchó con oculto armiño, a vivir al Palacio Nacional.

Nadie, hablando de la ambición ilimitada –y en eso si se le debe reconocer originalidad–, buscó con tanto y resistente empeño la silla presidencial, excepto quizá Obregón, después de haberla disfrutado. Y así le fue.

Andrés Manuel López Obrador –o Andrés López como le decíamos antes de llegar a la elevada magistratura digna de todo respeto e investidura–, porfió hasta lograr su cometido y ahora, consagrado con los poderes casi totales del hiper presidencialismo, nada más tiene una tarea por delante: perpetuarse a través de quien él decida para sucederlo.

Y la tarea no es sencilla porque la ambición y la lealtad son condiciones muy rara vez en pareja.

–¿Cree el presidente en la lealtad de Marcelo Ebrard, por ejemplo? Menos ingenuo sería creer en el Sagrado Corazón como “detente” contra la pandemia del Covid o “la” Covid como dicen quienes practican la paridad de género.

Y si en el nombre de esa paridad y también de esa novedad pusiera toda la maquinaria de su movimiento en marcha incesante para ungir a Claudia Sheinbaum, su desilusión sería interminable.

La señora Sheinbaum jamás ha tenido oportunidad de actuar por sí misma. Desde sus tiempos de acompañante de uno de los líderes del CEU, en los lejanos y felices tiempos de la vida estudiantil siempre ha estado junto a.

Y así fue en el gobierno de la ciudad de México cuando su ex esposo también trabajaba a las órdenes de Andrés Manuel para quien recaudaba fondos. Ella simplemente supervisaba las obras viales desde la secretaría de Ecología. No importaba la contradicción, de vigilar obras para los autos contaminantes y ecológicamente desaconsejables, importaba la lealtad. O la complicidad, da igual.

Y en ella (s) permanece hasta ahora, porque nadie puede considerar la suya como una gestión autónoma de gobierno. Se parece más a una regencia. Y si no me cree, pregúntele a Carlos Slim quien se entiende directamente con el dueño del circo, no con los empleados.

Pero cuando en un auditorio con miles de personas el coro fácil grita, presidenta, presidenta, el subconsciente se estimula, el mayúsculo despierta y la ambición se alborota, no importa si esos gritones fueron pagados por los adversarios para meterla en una pugna contra los demás aspirantes o fueron sus seguidores quienes de pronto se saltaron las trancas, porque ella misma, por sí y para su propio elogio y su bien cultivado ego, no habría sido capaz de cometer semejante torpeza, como torpe es decir, yo nada más estoy dedicada a mi trabajo, después de dos actividades partidaria, tanto en la lectura del informe de la felicidad nacional, como en la fiesta organizada por Mario Delgado, conocido por todos como “marito”, ya merito.

Como sea el juego sigue siendo igual: primero el “tapadismo”, el candidato “in péctore”, como hacen los papas y después la búsqueda mediante pruebas y pruebitas, del más seguro candidato.

Y después, la persecución y quizá el exilio. Le ha pasado a otros, tanto o más inteligentes.

¿Verdad Plutarco? ¿Verdad, Salinas?