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El presidente Donald Trump ha lanzado su segunda amenaza contra el gobierno de México: dijo a Bill O’Reilly en Fox News que lleva 90 días trabajando para designar a los cárteles mexicanos de la droga como terroristas.

Trump no anuncia un hecho sino una intención, del mismo modo que, en su primera amenaza, no impuso aranceles del 5 por ciento a los productos mexicanos, solo amagó con hacerlo.

La amenaza arancelaria cambió radicalmente la política migratoria del nuevo gobierno. Pasamos de darle la bienvenida a quienes venían del sur, con una política suave de visas humanitarias, a una política dura, de puertas cerradas a rajatabla. México se convirtió en el muro de Trump para los migrantes centroamericanos.

No sabemos cuál será la exigencia de Trump a partir de su nueva amenaza. Sabemos que el discurso amenazante no se irá, pues es parte de la plataforma de la reelección de Trump, vale decir, que el golpeteo sobre México apenas empieza.

Las consecuencias de la nueva amenaza para la relación bilateral apenas pueden exagerarse.

La designación de terroristas se hace en Washington sobre grupos específicos, el Estado Islámico o Al Qaeda, pero tiene exigencias muy altas. Ciudadanos y empresas estadunidenses quedan obligados a suspender y denunciar toda relación con estos grupos.

Los países donde esos grupos operan, pueden recibir fuertes sanciones, económicas y de otro tipo, si parecen incapaces de controlar a sus terroristas o poco colaborativos en su combate.

El término terrorista se refiere en la ley estadunidense a “actos violentos contra la vida humana, la propiedad o la infraestructura”, dirigidos a “intimidar o coaccionar a la población civil” o “a influir en la política del gobierno por intimidación y coacción… destrucción masiva, homicidio, secuestro o toma de rehenes”.

La amenaza actual de Trump cae sobre otra política suave del gobierno mexicano: la oferta de “abrazos, no balazos” para el crimen organizado.

La amenaza no tiene que volverse realidad, basta con que esté presente. Si la corrección aquí es tan drástica como fue la de la cuestión migratoria, lo que quizá tendremos en seguridad es una política al revés, de balazos no de abrazos, bajo la supervisión de Washington.