Asumir que Xi Jinping y Donald Trump, con su sonriente apretón de manos el otro día en Pekín, anuncian un futuro con menos guerras y mejor entendimiento, es ser demasiado optimista en el juicio
Asumir que Xi Jinping y Donald Trump, con su sonriente apretón de manos el otro día en Pekín, anuncian un futuro con menos guerras y mejor entendimiento, es ser demasiado optimista en el juicio. Incluso pensar que se estaban dividiendo el mundo de manera civilizada —eso quiere decir evitando las violentas tarascadas— parece demasiado generoso.
Los que analizan estas cosas se inclinan más a pensar que China y los Estados Unidos han aprovechado que Vladímir Putin y su gobierno están demasiado emproblemados y gastados por la guerra de invasión de Ucrania, que con sus drones cargados de explosivos está llegando con mayor frecuencia a los barrios de la antes lejana Moscú: Putin también querría su rebanada del pastel que partieron pacíficamente Xi y Trump.
Además, hay que tener en cuenta que las guerras de hoy no son para conquistar territorios, sino para invadir mercados.
Y de eso, la China que les dejó de herencia el moderado reformista Deng Xiaoping sabe un rato. Tanto sabe, que desde 2013 está trabajando en la nueva versión de la Ruta de la Seda, que son muchas rutas y que pasan por doquier; por ejemplo, el Ártico para llegar a los mercados europeos por la más corta vía de las costas rusas del norte.
Se sabe que la llamada Ruta de la Seda es conocida desde la Edad de Bronce y que no ha sido una, sino varios senderos que los mercaderes detectaban en las huellas de los camellos errantes en el desierto, olfateando la existencia de los oasis. Por ahí iban y venían mercancías diversas en rutas que se llamaron del jade, el vidrio, la pólvora, caballos finos, seda o especias. El emperador Wu, de la dinastía Han, la oficializó en el año 130 de nuestros días y tenía largos recorridos entre sitios de lugares de mágico sonido: Chang’an, antigua capital china; Karakórum en Mongolia; el paso de Khunjerab, entre China y Pakistán; Persia; Tayikistán; Samarcanda, para abrirse finalmente en dos brazos y llegar a Alejandría por un lado y a Antioquía, Kazán y Constantinopla por el otro.
Tantos sitios de resonancias mágicas que nos llevan a Las mil y una noches.
Y más allá. Las nuevas rutas de la seda le dan la vuelta al mar de la China para subir por el canal de Suez al Mediterráneo y las Europas. Por el norte gélido quiere aprovechar los deshielos. Y algo planean los chinos, que a 75 kilómetros de Lima opera desde hace dos años el puerto de Perú-Chancay, un megapuerto que en su segunda etapa, que inicia en 2027, se convertirá en el hub marítimo de la zona. Es manejado mayoritariamente por las compañías chinas COSCO Shipping y Hutchison Ports, nombres que no son desconocidos en los puertos de Pireo en Grecia; Haifa, Israel; o Ensenada, Manzanillo, Lázaro Cárdenas o Veracruz, ya saben dónde.
Por fortuna, México no se consolidó nunca como una potencia militar en los mares. Para desgracia, en el comercio tampoco figuramos.
Me gustaría saber en qué sí, quitando la violencia, el narcotráfico y la violencia en contra de las mujeres.
PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Alguien le debería enseñar a la señora presidenta con A de mujer la ronda infantil de los diez perritos. “Uno se perdió en la nieve, ya nomás me quedan nueve. Otro se comió un bizcocho, ya nomás me quedan ocho…”.
Las plazas de narcosoplones patrocinados por el gobierno de los Estados Unidos se están agotando.
Y lo que esos perritos pueden ladrar…
