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Trump encontró en el mercado laboral mexicano el talón de Aquiles para la renegociación exitosa.

Si atendemos a las fotografías que vinieron a tomarse a México la ministra de Relaciones Exteriores de Canadá, Chrystia Freeland y el representante comercial de la Casa Blanca, Robert Lighthizer, con el secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, podría parecer que la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) va muy bien y que realmente podría terminarse de acuerdo con lo que esperan los equipos negociadores.

Pero este acuerdo está sujeto a la misma amenaza que le cumplieron a los dreamers y a la misma advertencia que pesa sobre la frontera mexicana.

“Ruin” fue el calificativo que se ganó Donald Trump con su decisión de terminar con el plan de acción diferida para los llegados en la infancia, al que se conoce como DACA. Logró el consenso de demócratas y republicanos, de periodistas, organizaciones obreras y grandes empresas.

Trump es, pues, un presidente capaz de romper las expectativas de vida de muchos jóvenes que dejan su esfuerzo en un país al que quieren y consideran su hogar.

Este presidente borra de un plumazo esos sueños y traspasa toda la responsabilidad de salvamento de cientos de miles de beneficiarios del DACA a un Congreso paralizado.

Es ese mismo presidente que puede, a unas horas de que concluyera la última ronda de renegociación del TLCAN dictar que se sale del acuerdo, con esa misma ruindad que le vimos este martes.

El presidente está empeñado en cumplir con su fiel clientela política. En sus afanes reeleccionistas necesita tener aciertos que presentar, sobre todo cuando el Congreso se ha convertido en un dique para sus planes.

La administración Trump encontró un flanco débil en el blindaje de los negociadores mexicanos. Y ese talón de Aquiles es el mercado laboral.

Es fácil encontrar simpatías de este lado de la frontera si enarbolan una condición de mejores salarios para los mexicanos. Es mucho más sencillo que algunos grupos locales se sumen a esa causa más que a buscar una disminución del déficit.

Imagine quién en su sano juicio no quisiera tener el mismo poder de compra de los estadounidenses y canadienses. Si el discurso permea, nadie dará valor a las diferencias completivas de las economías que justifiquen esos ingresos. Todo sonará a verborrea neoliberal para impedir que los trabajadores estén mejor. Si Trump logra imponer su discurso se sale con la suya.

Y como no es posible que el gobierno de Donald Trump ponga condiciones ambientales en las que no cree, entonces las presiones se mantendrán en materia laboral.

El gobierno de Trump vendió la eliminación del DACA como la imperiosa necesidad de cumplir con las leyes, pero al mismo tiempo la enorme oportunidad del Congreso de salvar a los dreamers. Desde su visión, él no es el responsable de perjudicar a estos jóvenes sino el Congreso y sus seis meses de plazo.

Con el TLCAN será lo mismo, un argumento tan simple como decir que era voluntad de Estados Unidos mejorar el acuerdo, pero ante la negativa de México de aceptar mejorar las condiciones de vida de su propia gente, no le queda más remedio que dar por terminada su participación.

Llevan pues a Canadá la tercera ronda negociadora con muchos corchetes, muy pocos acuerdos visibles y bombas de tiempo encendidas.

Pero no hay duda de que la estrategia de mostrar la debilidad salarial de México será una argucia que será constantemente utilizada por Estados Unidos.

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