La revolución muerta


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Manuel AjenjoEl Privilegio de Opinar

Hoy se celebra el inicio de la Revolución Mexicana. Para redactar lo que usted leerá me propuse recurrir a las fuentes de la historia. Debido a la falta de suministro de agua por fallas en la K invertida, las fuentes están secas. Sin embargo, con la ayuda de algunos libros sobre el tema cubriré el expediente.

Hoy se celebra el inicio de la Revolución Mexicana. Para redactar lo que usted leerá me propuse recurrir a las fuentes de la historia. Debido a la falta de suministro de agua por fallas en la K invertida, las fuentes están secas. Sin embargo, con la ayuda de algunos libros sobre el tema cubriré el expediente.

Macario Schettino, en su libro Cien años de confusión escribió: “La Revolución Mexicana, así, con mayúsculas, no existió nunca. No se trata de esa gesta heroica que han narrado los libros de texto durante décadas, una lucha del pueblo mexicano en contra de un malvado dictador (…) Lo que sucede es más sencillo: una crisis política originada por la incapacidad de Porfirio Díaz para heredar el régimen personal que había construido. Su vejez y su misma opinión acerca de la pertinencia de la democracia en México permitieron el crecimiento de un movimiento político que primero siguió Bernardo Reyes y luego Francisco I. Madero, y al que Díaz se resistió”.

Cuando el economista y analista político, autor del libro ya citado alude a la opinión de don Porfirio “acerca de la pertinencia de la democracia”, hace referencia de la entrevista que en marzo de 1908 el general Díaz concedió al periodista estadounidense James Creelman para el Pearson’s Magazine, en la que según Carlos Silva, autor del libro Los días que cambiaron México, el dictador concluyó el interview de manera enfática: “Veré como una bendición, no como un mal, el surgimiento de algún partido de oposición, al cual apoyaré y aconsejaré para inaugurar felizmente un gobierno completamente democrático”.

Don José de la Cruz Porfirio Díaz Mori presentó su candidatura a la presidencia de la república para el período 1910-16, a pesar de lo que había declarado al periodista Creelman. Con esto confirmó el proverbio que a la letra dice: Sólo existen dos clases de políticos, los que mienten y los que vuelan. Don Porfis quería morir con la banda presidencial como mortaja. El redactor de estas líneas sospecha que el dictador, como medida precautoria dado lo avanzado de su edad, ya había encargado el diseño de una silla presidencial de ruedas.

El 10 de julio de 1910 se realizaron los comicios en los que resultó ganadora la fórmula Don Porfirio presidente, Ramón Corral vicepresidente; perdió la pareja Francisco I. Madero presidente y Francisco Vázquez Gómez vicepresidente, quienes, por cierto, se encontraban presos en San Luis Potosí desde 5 días antes. Tras el “triunfo” porfirista, Madero fue puesto en libertad. Se trasladó a Estados Unidos. (Para pasar la frontera contrató los servicios de un pollero especializado en el traslado de indocumentados ilustres).

Durante su estancia en San Antonio, Texas, don Francisco se confundió de santo y escribió El Plan de San Luis: una convocatoria al pueblo de México a levantarse en armas para desconocer la reelección de Díaz. El Plan maderista, que promulgaba la no reelección y la restitución a los campesinos de las tierras que les habían arrebatado los hacendados, fue el detonante del descontento popular. Comenzaron a surgir levantamientos armados en el país, comandados por Pascual Orozco y Pancho Villa en el norte y Emiliano Zapata en el sur.

Los triunfos militares de los insurrectos, sumados a la edad del dictador —tenía más de 80 años— produjeron que el 25 de mayo de 1911 don Porfirio renunciara a su cargo, ese día sufría un fuerte dolor de muelas. Seis días después, a bordo del Ipiranga, partió a Francia en busca de un buen dentista.

El gobierno interino de Francisco León de la Barra convocó a elecciones y el 6 de noviembre de 1911 Francisco I. Madero fue aclamado presidente y José María Pino Suárez vicepresidente. Gobernaron desacertadamente durante, casi, 16 turbulentos meses: dejaron intacto al Ejército Federal, creación de la dictadura; se hicieron acompañar en su gabinete por connotados porfiristas. Traicionados por Victoriano Huerta, Madero y Pino Suárez, fueron asesinados la noche del 22 de febrero de 1913. Don Panchito era un hombre bueno e ingenuo. Jean Meyer, autor de La Revolución Mexicana comenta que la I. de Francisco I. Madero “era la inicial de inocente, según la ironía de sus enemigos”.

Con todo respeto para Macario Schettino, sí existió la Revolución Mexicana, independientemente del tamaño de las letras con las que se escriba, es innegable que este movimiento que devino en gobierno a través de la creación del PNR por Plutarco Elías Calles y que culminó durante el período presidencial de Lázaro Cárdenas transformó al México del siglo XX.

Fue José López Portillo quien se declaró el último presidente de la Revolución Mexicana —con minúsculas—. De esto se concluye que la revolución murió de sobredosis de corrupción y un fuerte infarto de impunidad. Sin embargo, el partido político que de ella surgiera continuó ejerciendo el poder, ahora imponiendo el neoliberalismo hasta los tiempos de Ernesto Zedillo. Cedió el poder 12 años al partido de la derecha sin que se notara ninguna diferencia en la manera de gobernar de uno y otro. Tras el fracaso del Partido Acción Nacional (PAN) resurgió el Partido Revolucionario Institucional (PRI) que regresó al poder federal ya sin una gota de revolucionario pero con miles de litros de corrupción y toneladas de impunidad, para, al parecer, morir, seis años después, sumido en un socavón que taparon con su propia excreción. (Según la admirada dramaturga Sabina Berman, todavía existen unos cuatrocientos priistas diseminados por el orbe, la mayoría usa lentes oscuros).