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Hay hechos concretos que implicaron la revaluación de la moneda mexicana en aquellos años en que se ganó el mote del “súper peso”. Los altos precios del petróleo ayudaron enormemente a sostener un poder de compra excepcional frente al dólar.

Y sobre todo, la política monetaria híper laxa de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) que expulsó grandes cantidades de dólares de ese país, encontraron en México una combinación de rendimientos aceptables con riesgos menores. Porque además por aquellos años de la primera mitad de esta década, México tenía finanzas públicas sanas.

Desde el 2014, la suerte del peso frente al dólar cambió porque bajó el precio del petróleo, porque la Fed apagó la máquina de fabricar billetes verdes y empezó a subir las tasas y porque el gobierno mexicano optó erróneamente al inicio de este sexenio por abandonar la salud financiera.

Hasta ahí todas las matemáticas son válidas, se pueden cruzar las gráficas de la fortaleza del dólar frente a la canasta de divisas con la baja del peso, el precio de la mezcla mexicana pinta una trayectoria paralela a la depreciación de la moneda mexicana. En fin.

Entre los 13.50 del 2014 y los 17.50 del 2016 hay explicaciones muy válidas.

El problema es cuando a la ecuación hay que agregarle factores tan difíciles de medir como el inesperado resultado de las elecciones presidenciales en Estados Unidos.

Nadie lo vio venir, mucho menos el peso mexicano que ese día, 8 de noviembre del 2016, conforme se confirmaba la información del triunfo del republicano, la paridad se disparó como cohete a la Luna hasta los 20 pesos.

La incertidumbre, que no tiene propiamente una medición válida, provocó un vuelo de los recursos a los refugios propios de las crisis, en especial a los mercados estadounidenses. Porque paradójicamente el triunfo de Donald Trump prometía un paraíso de ganancias inmediatas para las grandes empresas.

Para los días de la toma de posesión de Trump el peso ya superaba los 22 pesos por dólar en las operaciones al mayoreo. Sobraban los analistas que veían en su bolita mágica los 25 pesos por dólar en breve.

Pero otra vez, se trata de querer incorporar a una estimación económica el estado de ánimo de un personaje como el presidente de Estados Unidos, no es posible.

Trump ha incumplido promesas, ha moderado discursos, ha permitido a los moderados de su equipo tomar el control en determinados temas. Eso ha permitido una revaluación del peso hacia niveles donde cabe más el análisis técnico.

Con esa visión proyectiva muchos ven la cotización el resto del año en torno a los 18 por dólar.

Pero nadie, absolutamente nadie, es capaz de prever qué puede tuitear Trump y con ello cambiar la historia de su país, de la relación México-Estados Unidos o del mundo. Y eso puede llevar el peso a 17 o a 22 por uno.

Es predecible que este lapso de 90 días que corre antes del inicio de las renegociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte la paridad se mueva más por cuestiones de mercado. Una vez que inicie esa fase comercial, no hay garantías de nada.