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La reforma electoral enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum nació sin los votos necesarios para vivir. Y cuando una reforma constitucional nace sin mayoría calificada, lo que tenemos no es una propuesta legislativa, sino un movimiento político.

No sabemos exactamente cómo se construyó la última versión ni cuáles fueron los acuerdos —o desacuerdos— dentro de la coalición gobernante. Pero sí sabemos lo esencial: Morena no tuvo por sí sola la mayoría calificada, y sus aliados, el PT y el Partido Verde, no acompañaron la iniciativa original a pesar de muchas reuniones de negociación; y después del PT no estuvo dispuesto a cambiar la fecha de la revocación (o ratificación como se ve cuando nadie desea la renuncia del gobernante), y aun así, la presidenta envió esas propuestas al congreso.

Esta no es fue reforma improvisada o una ocurrencia coyuntural. Era un proyecto que viene desde la etapa de López Obrador: reducir el costo de la democracia, ajustar la representación, modificar reglas que —según su narrativa— favorecen a las élites políticas. Pero ahora llevaba la firma de la presidenta Claudia Sheinbaum.

Y eso la convierte en algo que reclama un análisis distinto, porque cuando la presidenta decidió enviar una reforma sabiendo que no tiene los votos para aprobarla, envió un mensaje político, no legislativo.

La reforma generó una tensión que no habíamos visto en la 4T; después de múltiples reuniones, negociaciones y seguramente presiones, el PT y el Verde se mantuvieron firmes. No fueron con la reforma y la razón es simple: afectaba su supervivencia.

Los puntos más sensibles eran dos en la iniciativa original:

Reducción de financiamiento.
Ajustes en representación proporcional.
Ambos golpean directamente el modelo que les ha permitido mantenerse con vida y por momentos crecer. Para estos partidos la reforma no era ideológica; firmarla sería aceptar una reducción de su poder político.

La presidenta tenía una alternativa: enviar una versión “descafeinada”, eliminar los puntos que incomodaban a sus aliados, aprobar algo y mantener la narrativa de unidad. Pero no lo hizo así, en lugar de simplemente quitar los puntos que incomodaban o enviar reformas a las leyes secundarias, envió una nueva reforma completa, que ahora traía otro punto que molestaba, abrir la posibilidad de una probable ejercicio de revocación y meter a la presidenta en la campaña electoral de 2027, e incluyó este punto sabiendo que no sería aprobada como ocurrió con la negativa del PT.

En mi opinión, no fue un error de la presidenta, fue una decisión política y el mensaje no iba dirigido a la oposición tradicional (el PAN, el PRI o Movimiento Ciudadano no son determinantes en esta ecuación). El mensaje iba dirigido a sus aliados el PT y el Verde: si no apoyan esta reforma, están defendiendo privilegios y lo pagarán en 2027.

Eso cambia la relación, ¿estamos ante el inicio de una ruptura? No necesariamente ruptura pero sí estamos ante la primera grieta visible.

Durante años, la 4T ha funcionado como un bloque disciplinado, incluso cuando hay diferencias internas, genera narrativas y llamados a la cohesión. Hoy eso empieza a cambiar.

Estamos en un año previo a la elección intermedia. Y las reglas electorales siempre son reglas de poder. El PT y el Verde ya han señalado que irán juntos con Morena en el siguiente proceso, pero esa alianza depende de condiciones.

En 2024 obtuvieron candidaturas, distritos y posiciones que les permitieron construir bancadas relevantes. Si esas condiciones cambian, cambia su incentivo para mantenerse alineados.

Y eso tiene consecuencias porque sin ellos, Morena difícilmente podrá alcanzar mayoría calificada en el futuro.

Las reformas que defendieron Morena y la presidenta nacieron sin votos; entonces, si ni la reforma ni el llamado Plan B se aprobarían ¿por qué enviarlos?

Porque cumplían otros objetivos:

Marcan posición frente a la opinión pública de que desea cambio.
Presionan a los aliados.
Definen agenda en temas populares rumbo a la elección intermedia.
Y permiten a la presidenta decir: “yo cumplí”, otros obstaculizan.
Las coaliciones no se rompen de un día para otro, se desgastan; y estas reformas pueden ser el primer capítulo de ese desgaste; eso, en política, siempre ocurre, tarde o temprano pero ocurre.