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México estaba conmocionado. Miles de personas que no suelen marchar tomaban las calles en solidaridad con los normalistas desaparecidos. A la solidaridad se sumó la indignación por las revelaciones de presuntos conflictos de interés. Las redes sociales hervían y la gente salía a protestar en la plaza pública.

Parecía que estábamos ante el despertar de la sociedad civil y que la protesta solo podía crecer. Era mucho el dolor, mucha la ira.

Pero no fue así. Las marchas más nutridas fueron menos de diez con una asistencia estimada entre 15 y 60 mil participantes cada una. Para finales de noviembre hubo convocatorias en redes sociales que prácticamente ya no tuvieron respuesta.

La ola de solidaridad y protesta social no organizada se extinguió con la misma rapidez con que se generó. Lo que parecía ser el nacimiento de un gran movimiento social de masas no lo fue.

Parte de la explicación está en que aún para los más activos dentro de este grupo de manifestantes los agravios eran más bien distantes (Ayotzinapa) o difusos (conflictos de interés). Había muchos indignados, pero pocos afectados; una situación muy distinta a la de España, en donde los indignados también son agraviados.

La protesta tampoco tuvo objetivos claros. La demanda de la aparición con vida de los normalistas o la consigna “fuera Peña” expresaban más estados de ánimo que objetivos concretos. Para que estos sentimientos prendieran faltó un liderazgo que le diese sentido y dirección.

Las redes sociales son un espacio natural para la expresión descarnada, a veces violenta, de las emociones. Por eso el ruido en ese mundo fue más ensordecedor que el de las calles.

Pero lo que se ventila en las redes es incapaz de decantarse por sí mismo en objetivos y estrategias de acción política. El debate, el discurso y los liderazgos para ello no se encuentran en ese “enjambre digital”, como lo llama Byun-Chul Han, para quien la indignación digital “no es capaz de acción ni de narración”.

Aún más, las redes sociales pueden inhibir la movilización social. Al constituir un espacio alternativo para la expresión del descontento, las redes acaban ocupando el lugar de la plaza pública. Tal vez esta es otra razón por la que las protestas callejeras no llegaron a los cientos de miles ni se sostuvieron más allá de diciembre.