Desde 1951 y hasta 1969 se transmitió por la XEW un radioteatro basado en hechos reales en los que, para bien de la sociedad, intervenía la policía. El popular programa que repercutía en la buena imagen de las diferentes policías ante los ciudadanos era conducido por un policía real, que entre sus cualidades contaba con una voz radiofónicamente memorable, el comandante Luis Pérez Cervantes.

Recuerdo como si lo hubiera escuchado el comienzo o entrada del programa: se escuchaba una sirena que luego quedaba como fondo de la voz del precitado comandante que decía: “Atención patrullas y casetas, atención patrullas y casetas… Llamada general… Llamada general…” Aquí entraban unos acordes musicales de suspenso que daban pie a la misma voz que anunciaba el título de la serie: La policía siempre vigila. La música remataba y Pérez Cervantes comenzaba su relato: “El 23 de diciembre del 1958 el señor Robustiano Cerda se presentó en la Jefatura de Policía denunciando el asesinato de su hijo Rubén, alias el Gordo, quien trabajaba como Santa Claus en la Alameda…” Después de la introducción, semejante a la aquí expuesta, el caso era tratado con base en diálogos que, de vez en cuando, se interrumpían para que el narrador -Pérez Cervantes- le diera agilidad a la acción o anunciara un cambio de escenario o avisara del transcurrir del tiempo. Los capítulos terminaban con la resolución del asunto. En este caso -hipotético- una pareja de agentes del Servicio Secreto descubrieron al asesino. Éste era un joven de 19 años que le “guardaba harto rencor al gordito sangrón de la risa boba” (estos eufemismos fueron usados por los libretistas de la serie, en realidad el asesino dijo: “Me caga la madre el pinche gordo mamón que se ríe como pendejo”). Lo mató porque 10 años antes le había pedido unos patines Torrington, con ruedas de balero, pestañas para agarrar los zapatos y llave para apretarlos y ponerlos a la medida. En lugar de los Torrington, bien piochas -el equivalente a chido en aquella época-, el gordo le trajo unos patines bien gachos -desde entonces se usaba el adjetivo- con ruedas de plástico y que se fijaban a los zapatos con unas correas que no apretaban por lo que el usuario se caía constantemente.

Puse aquí este ejemplo porque está basado en un acontecimiento de mi vida real: una frustración que a través del asesinato de Santa Claus desahogué aquí. Obviamente que a mí el infortunio de los patines no me causó deseos de asesinar a Santa Claus porque yo desde siempre supe que el gordito era un personaje mítico al que suplía cada año mi padre. Unos patines chafas -término de nuevo cuño- eran un motivo débil para convertirme en parricida.

Perdón por la disgregación. Quise aderezar la columna con un poco de humor negro.

Prosigo: el susodicho programa duró 18 años al aire y pasaba diariamente de lunes a vienes. Según lo recuerdo, duraba 15 minutos y tocaba todas las facetas del hampa: asesinos, rateros, timadores, secuestradores, contrabandistas, etcétera, etcétera. Obviamente en todos los casos la policía triunfaba y los pillos pagaban por su ofensa a la sociedad que agradecida mostraba simpatía y confianza hacía las fuerzas del orden.

Era común que los niños de la época jugáramos a policías y ladrones y éramos más los que queríamos ser policías -los buenos- que los que elegían ser ladrones que, supuestamente, eran castigados con la cárcel.

Otra breve disgregación para decir que la popularidad del programa de radio aquí citado originó que Los Polivoces hicieran una parodia del mismo con el título: La policía siempre en vigilia. Tal nombre llevaba su jiribilla, ya que en nuestro país la palabra vigilia se asocia con comer poco. Al decir: “La policía siempre en vigilia”, tácitamente se reconocía, algo sabido, los bajos sueldos de los elementos policiacos. Estipendios de muertos de hambre. Salarios que los hicieron proclives a la transa y a la mordida.

Cuando el programa salió del aire (1969) ya la policía se había desprestigiado. No a los niveles a los que unos años después llegó con verdaderos delincuentes surgidos de sus filas, como Alfredo Ríos Galeana, Arturo Durazo Moreno, Francisco Sahagún Baca (otro “desaparecido” para la lista de Roy Campos), José Antonio Zorrilla Pérez y tantos otros, que coludidos con otras autoridades y con el crimen organizado han hecho de nosotros, simples ciudadanos, las víctimas de su pillaje.

Con los acontecimientos de Iguala, donde la policía municipal, según lo dicho por el procurador Jesús Murillo Karam, obedeciendo órdenes del alcalde -hoy prófugo- José Luis Abarca, asesinaron a seis personas y entregaron a 43 estudiantes normalistas al grupo delictivo denominado Guerreros Unidos -no dijo con qué objeto-, la policía (así en genérico porque la gente común y corriente no logra distinguir municipales de estatales o de federales) ha tocado fondo en la percepción de la sociedad.

Propongo hacer un programa, desde el punto de vista ciudadano que sea la contraparte de La policía siempre vigila. Comenzaría así: una sirena baja de fondo, una voz de un ciudadano, preferentemente de apellido Pérez, diría: “Atención familias y peatones, atención familia y peatones… Llamada general… Llamada general…” Una música de suspenso da pie a la misma voz que anuncia el título del programa sin eufemismos: La policía siempre nos chinga.