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¿Qué puede haber más neoliberal que emitir una convocatoria restringida entre empresas privadas para construir una refinería?

Nada. La diferencia es que si la hace el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, es impoluta, por el bien del país, sin sospechas, necesaria y honesta.

Si cualquiera de los gobiernos anteriores se hubiera atrevido a convocar una licitación dirigida, cerrada, para construir un proyecto reprobado por los expertos, tan cuestionado y tan innecesario, sería… neoliberal.

La forma de gobernar del régimen actual necesita vivir en el blanco y negro. Requiere de crear enemigos fácilmente inidentificables por esa clientela política que puede no tener los recursos ni se tomará el tiempo de analizar las diferencias.

Neoliberalismo es justamente que en el día de conmemoración de la expropiación petrolera, en un acto altamente comunista, el presidente López Obrador refrende su respeto a los contratos con empresas petroleras particulares, nacionales y extranjeras, para que sean ellas las que rescaten la industria petrolera mexicana.

Haber hecho lo contrario y emular al Tata Cárdenas, echando para atrás la reforma energética, habría sido un acto suicida y el presidente lo sabe.

Entonces, fiel a la definición de neoliberalismo, López Obrador entiende que los mercados son los agentes más apropiados para hacer eficientes los recursos, sin la injerencia del gobierno en las actividades productivas. Vamos bien.

Pero unas cuantas horas antes del refrendo a la política neoliberal de López Obrador, el propio presidente presentó el acta de defunción de ese monstruo creado y alimentado desde la oposición al que llaman neoliberalismo.

Sacó al patio de la opinión pública una piñata, así como aquellos muñecos de cartón y engrudo que hay de Donald Trump, a la que denominó neoliberalismo y dio la orden de destrozarla con el palo del desprecio del pueblo bueno.

Vale la pena en estos tiempos maniqueos dejar a las fuerzas del mercado seguir con su labor, como en el sector petrolero, mientras desde el poder presidencial aniquilan la piñata del neoliberalismo.

Es un ejercicio catártico descrito en los libros de propaganda que sustentan el movimiento que ahora gobierna. Apalear imaginariamente al enemigo creado y sostenido por ellos durante décadas es la manera de marcar un cambio.

Los 11 lineamientos que sustituyen, según el presidente, al neoliberalismo son de libro de texto: frases cortas, incontrovertibles y cargadas de moralidad. Pero está muy bien. Es la identidad política del régimen

La economía de mercado no parece correr peligro, por ahora. Hay el compromiso de respetar contratos, por supuesto de respetar la propiedad privada y de mantener la estabilidad macroeconómica.

Los que corren peligro, con esa piñatización del neoliberalismo, con los palos que dará el pueblo bueno a la figura maniquea del judas de cartón de Semana Santa, son las empresas, los empresarios, los financieros y los mercados.

Hay ya enemigos creados para poder responsabilizar en caso de que las cosas no salgan como se prometieron. Ya hay pues responsables de algo que aún no ocurre.

El final del neoliberalismo dictado por López Obrador refrenda enemigos necesarios. Los neoliberales son como los fifís, son las figuras antagónicas de la máxima autoridad del pueblo bueno.

Y cualquier mal resultado en el camino puede llevar fácilmente a descolgar del mecate de la plaza pública la piñata del neoliberalismo para colgar en su lugar a los neoliberales.