El 17 de septiembre de 1964 fue el día de la inauguración del gran museo de México: el Museo Nacional de Antropología con el propósito de alojar las piezas prehispánicas que se encontraban en el antiguo museo de la calle de Moneda, así como nuevos descubrimientos.

La Piedra de los Tecomates sobre Paseo de la Reforma. Foto: Wikipedia.

Desde el Congreso Internacional de Americanistas, celebrado en 1910, Justo Sierra afirmó que México requería un recinto que albergara los testimonios y los vestigios de las culturas precolombinas.

En 1960 el secretario de Educación, Jaime Torres Bodet, afirmó que era necesario cumplir esa demanda, por lo que el presidente López Mateos anunció que se realizaría a un costado del Bosque de Chapultepec y de Paseo de la Reforma.

Se seleccionó un gran área de recreo para los empleados de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, ya que esta zona estaba deforestada. El arquitecto del proyecto sería Pedro Ramírez Vázquez, el mismo que decidió otorgarle al museo un acceso lateral sobre la antigua Calzada de la Milla, creando una plaza de acceso digna del recinto y evitar embotellamientos vehiculares sobre Paseo de la Reforma.

La construcción de este museo está llena de anécdotas interesantes, entre ellas posiblemente la más relevante fue el traslado de la Piedra de los Tecomates, mal llamada “Tláloc”.

¿Por qué afirmo esto? Debido a que existe un debate entre arqueólogos y mesoamericanistas sobre la verdadera identidad de la pieza de influencia teotihuacana, labrada en el siglo el siglo III y IV de nuestra era. Por el gran tocado cuadrangular que lleva este monolito se ha especulado que en realidad se trata de una deidad femenina asociada con la fertilidad, con los arroyos, manantiales y lagos.

Muy posiblemente se trate de Chalchiuhtlicue, y no del Dios de las Tormentas, deidad patronal de Teotihuacán y que con el paso del tiempo se le llamaría Tláloc. Entre los conocedores que afirman que se trata de una mujer se encuentra Alfredo Chavero, mientras que el primero que afirmó que se trataba de Tláloc fue Leopoldo Batres a inicios del siglo XX.

Este monolito de siete metros de alto y 167 toneladas reposó por siglos en las laderas de la Sierra de Nevada, a las afueras de la pequeña población de Coatlinchan (palabra que viene del náhuatl y significa “En el hogar de las serpientes”).

La también llamada Piedra de los Tecomates formaba parte de la identidad de dicha población y era una actividad recurrente que sus pobladores fueran los domingos a visitarla o escalarla.

Incluso, cada domingo una señora se ubicaba al pie del monolito, debajo de un paraguas, a vender sus refrescos y jugos. Pero, ¿por qué se le llamaba Piedra de los Tecomates? Se le llamaba así por tener huecos en forma de jícara en la parte inferior de su rostro.

Durante la época de lluvias estas oquedades se llenaban de agua que algunos pobladores de Coatlinchan consideraban mágica o con propiedades medicinales. De hecho, un tecomate es una vasija de barro con una forma similar a una jícara. También se usa esta palabra para nombrar a una fruta (Crescentia Cujete), muy parecida a la calabaza con la que se realizan recipientes e instrumentos musicales.

“La señora de las aguas”, mejor conocido como la Piedra de los Tecomates en Coatlinchan.

En 1964 Ricardo Robina y Luis Veleyra visitaron la zona de Edzná en Campeche buscando una pieza que sirviera como señalamiento para  que los visitantes que transitaban por Paseo de la Reforma ubicaran el nuevo Museo de Antropología.

Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, no encontraran una que fuera adecuada por sus dimensiones y sobre todo porque se deterioraría en el medio urbano. Al comentárselo al presidente López Mateos les dijo: ¿Por qué no ven el monolito de Coatlinchan, que en mi época de excursionista conocí varias ocasiones y por lo que recuerdo es interesante, muy grande y basáltico.

Robina y Veleyra tomaron su consejo y la visitaron, llevándose una agradable sorpresa y haciendo todos los preparativos para su traslado, a lo que los pobladores de Coatlinchan se opusieron.

El presidente al enterarse de esta molestia les dijo:  Si no los convencen no la traen, porque no es conveniente que un hecho circunstancial afecte la imagen del nuevo museo.

Por esta opinión se convocó una reunión de vecinos para buscar una solución e informarles del destino que tendría “la piedra” o “la señora de las aguas”, como ellos la llamaban.

A pesar del temor que sentía Pedro Ramírez, a él le tocó plantear la situación y ser el vocero del gobierno. Después de horas de debates, un  maestro nahua llamado Don Plácido dijo: “Creo que tienes razón (sobre el traslado de la pieza y la importancia que tendrá en el nuevo museo)”. Y se dirigió a los habitantes: “Miren muchachos, la piedra es como el pasto de la laguna; el pasto de la orilla y el pasto del centro es el pasto de la misma laguna”.

Con esto se refería a que Coatlinchan y la Ciudad de México formaban parte del mismo país y que no había diferencia donde se ubicara la “Piedra de los Tecomates”, por lo que todo el pueblo asintió y dieron el permiso para el traslado de la pieza. La más perjudicada por esta decisión sería la señora que vendía refrescos los domingos.

En abril de 1964 iniciaron los trabajos en Coatlinchan para liberar el monolito más grande de México que por siglos había reposado de forma horizontal sobre el lecho de un arroyo seco. Se diseñó una plataforma que sería jalada por 2 tractocamiones con potencia de 860 caballos de fuerza, y para soportar 225 toneladas de peso. Cuando el gigantesco transporte llegó a Coatlinchan acompañado de trabajadores e ingenieros, algunos pobladores mostraron su descontento, lanzando piedras y nopales a los recién llegados.

Al grito de “Se llevan la piedra” llegaron más y más pobladores armados con escopetas, machetes y piedras impidiendo las labores y que pudieran avanzar los tractocamiones.

El 15 de abril llegarían militares a la población para permitir que siguieran los trabajos, por lo que la madrugada del día siguiente, finalmente “la piedra” ya fijada encima de la gigantesca plataforma de acero empezó a ser transportada a la Ciudad de México.

Iba escoltada por cuadrillas de militares y policías, así como por algunos especialistas en ingeniería y arqueología. Incluso por varias camionetas de la extinta Luz y Fuerza del Centro, cuyas tripulaciones iban levantando cables de luz y teléfono para que pudiera continuar su camino el gigantesco monolito.

Un anuncio de la llantera Goodrich-Euzkadi, quien dotó las llantas para la gigantesca operación decorada la plataforma que lentamente se movía bajo la atenta mirada de los ingenieros.

El traslado de la Piedra de los Tecomates en 1964.

Algunos pobladores de Coatlinchan dispararon cohetes para despedir a la “Señora de las aguas”, otros, con mucha tristeza despidieron al monolito afirmando que Coatlinchan quedaría en el olvido, ya que se habían llevado “al Tláloc” y nadie visitaría el poblado.

“Quedaremos en la ruina” algunos gritaban. Con una velocidad de cinco kilómetros por hora, el convoy tomó Avenida Zaragoza hasta llegar a San Lázaro para continuar su trayecto hacia la Plaza de la Constitución donde decenas de miles de personas la esperaban.

Para la mala suerte de los espectadores, a las 20:40 h se abrieron las puertas del cielo, con fuertes lluvias, que muchos le atribuyeron a la presencia de la antigua deidad de la lluvia, el agua y la fertilidad. Después de rodear la Plaza de la Constitución, el convoy giró a la derecha para tomar la antigua calle de Plateros y de San Francisco para tomar Paseo de la Reforma.

Eran las 23:45 de la noche cuando pasaba a un costado de la Torre Latinoamericana. Sería la madrugada del 17 de abril cuando finalmente uno de los cinco monolitos más grandes del mundo, llegaría a su nueva casa: El Museo Nacional de Antropología, para el deleite de los capitalinos que podemos disfrutarla cada ocasión que transitamos por Paseo de la Reforma, y para los más de 2,300,000 visitantes anuales que tiene este recinto.

Enrique Ortiz García

Divulgador de la historia de México

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