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Una inédita anécdota personal.
Durante el tiempo en que el conjunto de edificios llamado Los Pinos fue residencia oficial del presidente de México, estuve ahí solamente cuatro veces, tres de ellas en calidad de acompañante. Sólo en una ocasión yo era el invitado único, y a pesar del sitio, no fui a ver al señor presidente, que era a la sazón Luis Echeverría.

Me invitó a su despacho Fausto Zapata Loredo, que entonces era subsecretario de la Presidencia y tenía ahí una oficina. En realidad, en el medio periodístico sabíamos que era el encargado de prensa y propaganda presidencial. Lo entendió como el oficio de sobornar en el medio lo sobornable, corromper lo corrompible, e intimidar al resto, a todos los niveles. En esa condición, y yo como redactor en jefe del principal noticiario de televisión, nos encontramos. Brevemente.

“Tengo información —me dijo muy formalmente— que en su ámbito más cercano usted se expresa soezmente del señor presidente y de la primera dama. Yo le conmino a que cambie su actitud. Si no lo hace, usted sabe que yo le puedo llamar a su jefe y pedirle que lo corra”.

La información que presumía era casi totalmente cierta, pero yo me negué a admitirlo. Sólo agregó que sus fuentes estaban entre los que yo llamaba mis amigos. Obviamente, se trataba de una amenaza para que estuviera permanentemente sobre mi cabeza, si no acudía presto y entusiasta a los llamados que podría esperar de él para influir en mi criterio editorial. La breve reunión terminó con otra recomendación, de que no era necesario que mi jefe se enterase de esa charla.

Era verano, los dos meses que mi jefe solía pasarlos en su yate, generalmente en el Mediterráneo, pero de inmediato y sin consideración de los husos horarios, le hablé por teléfono y le informé al detalle. Su instrucción fue escueta: “mándalo a chingar a su madre”.

Después de los acontecimientos de 1968, el entonces secretario de Gobernación descubrió la importancia de los crecientes medios electrónicos de comunicación, particularmente la televisión. Desde entonces, y hasta el día de ayer —y estoy seguro de que mañana también, y el sexenio que sigue, igual— toda persona que es ungida en la silla presidencial de este país (tal vez de todos) tiene la inmediata tentación de hacerse de esos medios; si no es posible, manejarlos.

La más reciente ofensiva es el prontuario de lineamientos para aplicar la Ley de Protección de las Audiencias, otra forma de censura.

El Fausto Zapata de hoy se llama Jesús Ramírez Cuevas, y cobra como Coordinador de Asesores de la señora presidenta con A de mujer. Todo el sexenio anterior produjo y dirigió las mañaneras de López Obrador. Yo no me llamo a sorpresa. Es una amenaza perpetua. O sea:

“¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que se ha hecho? Lo mismo que se hará. No hay nada nuevo bajo el sol.” Libro del Eclesiastés, 9, 1.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO, PORQUE NO DEJAN ENTRAR SIN TAPABOCAS: Antes de tres amaneceres, a más tardar, la muerte de la niña Dafne habrá salido de las primeras planas de los periódicos, y comenzaremos a olvidarnos de ella.

Habrá, hay, personas ya detenidas. Los deudos exigen más. Habrá, tal vez, inocentes inculpados. Casi siempre los hay.

Lo que también hay con frecuencia es la omisión al problema central: la tolerancia de la autoridad a la existencia de academias supuestamente militarizadas, que entienden lo militar como un exceso brutal de esfuerzo físico de los alumnos. Y castigos inhumanos.

Para que aprendan a obedecer.
Para que sepan lo que es la disciplina.
¿Alguna investigación realizada?

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