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Dicen que el PRI cumple hoy 90 años. En realidad cumple 72 . Pero se ve de 90 en el discurso y en los votos. Se le nota sobre todo en el relevo de su antigua hegemonía a manos de la nueva hegemonía de Morena, su nieta, largamente incubada, como el PRD, en las filas desafectas o desechadas del priismo.

Esta es quizá la mayor adversidad del PRI: que un nuevo partido haya tomado su lugar histórico y represente hoy lo que el PRI representó antes: gobierno fuerte, estatismo, presidencialismo, la política por delante de la economía, el gobierno por delante de la sociedad, la justicia social como una extensión del clientelismo, el clientelismo como pegamento partidario, político y electoral.

Esta fue la tradición central de la cultura política mexicana del siglo XX. Ha vuelto por sus fueros con Morena y López Obrador, luego del breve rodeo por la democracia de que fuimos capaces.

El PRI pena su desplazamiento en compañía de los otros partidos grandes de aquella democracia. En compañía del PAN, que no acaba de fragmentarse y deslavarse, y del PRD, que ha sido drenado por Morena al punto de la inexistencia.

Esos son los partidos que se repartieron a tercios la experiencia democrática mexicana.

Ninguno de ellos podría hoy competir con Morena en una elección. Su única posibilidad de ser competitivos, de ganar o al menos no perder por mucho, sería ir juntos al baile con un solo candidato.

Esto supondría lo hasta ahora impensable para esos partidos: salirse de la caja partidaria, dejar de pensar la política desde sus viejas siglas y sus extenuados aparatos.

Supondría construir otra cosa.

La paradoja es esta: para volver al centro de la escena, los viejos partidos tendrían primero que abandonarla, renunciar a sus cercas históricas, refundarse en una sola oposición que produzca candidatos capaces de competir con Morena en una lógica muy básica de nueva oposición vs. nueva hegemonía.

El patriotismo de partido, la puja interna por los despojos de cada casa, es el obstáculo mayor que veo para el renacimiento de la oposición y hasta para la sobrevivencia de los partidos de la antigua democracia mexicana.

Hoy todos cumplen 90 años.