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Después de dos días de duros combates en la estación de Aljibes, la vía del ferrocarril estaba levantada y las fuerzas enemigas se habían acrecentado notablemente. Doce mil hombres rebeldes contra escasos tres mil. Ya con los soldados enemigos encima, con ‘las balas levantando polvo del suelo’, los generales Murguía y Urquizo, lograron convencer a Carranza de dejar el tren y proseguir a caballo.

No tengo caballo –dijo– lo perdí en Rinconada. –Monte usted el mío, señor –dijo Urquizo apeándose. –¿Y usted? –Montaré el de mi asistente.

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(No puedo reprimir la manera paródica de escribir el diálogo anterior: No tengo caballo –dijo– lo perdí en Rinconada. –Monte usted el mío, señor –dijo Urquizo apeándose. –¿Y usted? Montaré el de mi asistente. –¿Y su asistente? –Él se hizo de un caballo muy bueno en Rinconada).

Continuaré con la crónica con base en los datos y algunas frases –entrecomilladas– de Martín Luis Guzmán. Con toda calma, al paso del caballo Carranza reanudó la marcha (don Venus era más lento que un audiolibro leído por Maradona). ‘Por delante iban fracciones de infantería, soldados sin armas, oficiales a medio vestir, hombres con talegas de pesos sacadas del tren de la Tesorería –era como el resto de un naufragio’.

Entre el séquito de generales y burócratas –no más de cien personas–, que rodeaban al Presidente, se encontraba Ignacio Bonillas, cuya candidatura a la Máxima Magistratura constituyó la máxima necedad de don Venustiano y con ello el desastre en el que estaban inmersos.

A las dos de la madrugada, llegaron a la hacienda de Zacatepec; despuntando el alba, reanudaron la marcha, ahora sin algunos civiles que allí se quedaron por órdenes del mandatario. A los que siguieron adelante, ‘con la llanura y las vías férreas a la espalda, la huida parecía menos peligrosa’. En Temextla rindieron la jornada.

Con el alba del día 16 montaron rumbo a Tetela. Ahora ‘iban al trote y al galope, con menos cansancio y optimismo por la proximidad de la sierra’ donde –pensaban– sería más fácil resguardarse. Se detuvieron en Zitlaualpa para dormir. La lluvia los obligó a continuar la marcha a oscuras. En Tetela, detectaron la cercana presencia del enemigo y se siguieron de largo.

La noche del 18 de mayo, lo que quedaba de la caravana, lo pasó en Cuautempan. Al otro día, durante el desayuno (¿?), don Venustiano expuso su idea de pasar de la sierra de Puebla a la de Querétaro para agarrar rumbo al norte. Nadie lo contradijo. ¡Cartucheras al cañón, quepan o no quepan!

Pernoctaron en Tepango. Sin novedad llegaron a Tlapacoyan donde se enteraron de la proximidad del enemigo al mando de Jesús Guajardo –el asesino de Zapata–. Huyeron rumbo a Tlapenango. Pretendían descansar en Cuamaxalco, pero la lluvia se los impidió. El aguacero los acompañó toda la noche. Por la mañana llegaron al pueblo de Patla a la orilla del río Necaxa. Allí descansaron hasta la una del mediodía.

Apenas la maltrecha peregrinación dejaba Patla, ‘un jinete de buen caballo los alcanzó’, era el general Rodolfo Herrero quien se ofreció a proteger el paso del Señor Presidente. ‘Por don Venustiano –dijo– soy capaz de ir hasta la muerte’.

A las cinco de la tarde, Herrero recomendó parar en San Antonio Tlaxcalatongo, ‘una mala ranchería’. Señalando la choza menos pobre, le expresó a don Venustiano: –‘Por ahora señor Presidente, éste será el Palacio Nacional’. Una hora después, el desleal farsante, pidió permiso de retirarse para atender a un hermano herido.

En sus ‘Memorias de Campaña’ el general Francisco Urquizo escribió lo ocurrido más tarde, entre tinieblas, el jueves de la semana pasada hizo cien años: “Un traidor, más traidor que todos los demás, fue el encargado de dar el golpe final (…) A las tres y veinte minutos de la madrugada de aquella trágica noche fue villanamente asesinado don Venustiano Carranza”.

Moraleja: #QuédateEnCasa.