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Entre las pequeñas locuras que ha suscitado la discusión última de la mariguana, puedo contar varias dirigidas a mí. Por ejemplo que estoy a favor de legalizarla para entrarle al negocio. Que lo que me interesa en realidad es cuidarle el negocio al narco. Que si volaría con un piloto que hubiera fumado mariguana. Que quiero que México se rinda al american way of life imitando a los gringos en la legalización. Que de cuál fumo y que pinche ruco grifo.

La mota y yo tenemos una historia breve y terminante. Fumé una sola vez en el curso de una fiesta de alto registro alcohólico, en un edificio que está todavía en la pequeña esquina curva que hacen Pedro Antonio de los Santos y Constituyentes. Era una fiesta de historiadores y antropólogos, en el año quizá de 1973.

Recuerdo muy bien el lugar porque recuerdo muy bien la experiencia, consistente en que la yerba detuvo el envión eufórico del alcohol, me secó la boca, me hizo recostarme en el suelo y desde ahí, en medio de una placidez absoluta que me hacía reír de cualquier cosa, empecé a mirar las ventanas del departamento, seguro de que abrirían para mí un secreto, una revelación.

No hubo tal aunque quizá la hubo porque de pronto las manivelas que servían para cerrar las ventanas empezaron a temblar y a comportarse como vibrantes y celebratorios pajaritos. Nada oía de sus trinos pero oía perfectamente su alegría, gemela de la mía.

Luego me dormí y al despertar la joven antropóloga que era mi ambición de la noche se había ido con otro, y nunca más. Nunca más yo tampoco con la yerba.

Cuando trabajaba en el diario unomásuno, a fines de los setentas, tuve una crisis de tensión que me hizo desvanecerme y perder por segundos el control de un brazo.

Visité a un médico inolvidable para mí, Roberto Castañeda, quien me diagnosticó delirio de grandeza laboral. Me dio unas pastillas que hicieron mi dicha el siguiente mes, durmieron todas mis prisas. El nombre de las pastillas era Numencial. Le pregunté qué era ese medicamento. Me dijo:

—Es la mariguana de los médicos.

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