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Naturalmente, pueden tomarse las declaraciones del ex secretario de Hacienda, Carlos Urzúa a El País (2 de julio 2020), en la excelente entrevista de Javier Lafuente como una crítica demoledora al gobierno que sirvió.Puede tomarse también, con más provecho, como una reflexión que explica rasgos fundamentales de la situación que vive México y que vivirá, previsiblemente, en el futuro inmediato.

La meditación de Urzúa que me interesa se refiere al viejo rasgo de la estrechez fiscal mexicana frente al desarrollo: la falta de dinero público, es decir, de impuestos suficientes para cumplir con las enormes obligaciones legales, sociales y económicas del Estado.

Es una vieja realidad que no creó el actual gobierno. Se trata del límite histórico de un Estado legalmente grande con pies fiscales de barro. Un Estado cuyos ciudadanos no pagan los impuestos suficientes para sostener las muchas cosas que se esperan de él.

Quizá el error estratégico mayor del actual gobierno, sugiere Urzúa, es no haber reconocido esto, sino partir de que el dinero público sí existía y de que, si algo faltaba, era por corrupción y dispendio.

Un ajuste en esos frentes bastaría para liberar 500 mil millones cada año para inversión social y física, y eso bastaría, a su vez, para poner al Estado en el centro de un nuevo proyecto de desarrollo con justicia.

De ahí las banderas económicas claves: no subir impuestos y no aumentar la deuda, pues no hacía falta: bastaba recoger lo que había.

La creencia subyacente, dice Urzúa, era: “No se apuren, todos estos déficits y deuda que hemos tenido es simplemente porque hay una corrupción dentro del gobierno federal, porque se dan unos lujos que nosotros no vamos a tener”.

La creencia en una riqueza pública inexistente hizo pensar al gobierno que podía arrancar su proyecto con recursos del Estado, limpiando sus gastos, reviviendo fuentes de ingreso como Pemex y subordinando a la inversión privada a su proyecto.

Este es el segundo error clave de la estrategia: pensar que la economía del país es sostenible sin inversión privada, o que la inversión privada se ajustará al diseño público, pase lo que pase, porque le conviene. Ninguna de las dos cosas, como se ve.