La masacre de Florida y la cultura del miedo

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Manuel AjenjoEl Privilegio de Opinar

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A raíz de la matanza ocurrida en la escuela preparatoria de Columbine en Littleton, Colorado, el 20 de abril de 1999, perpetrada por Eric Harris y Dylan Klebold, de 18 años, quienes asesinaron a 13 personas para luego suicidarse, el cineasta, documentalista y escritor estadounidense, reconocido por su ideología progresista, Michael Moore, escribió, dirigió y condujo el documental Masacre en Columbine, en donde sostiene la tesis de que la sociedad estadounidense se ha desarrollado dentro de la cultura del miedo, de ahí su tendencia a las armas para protegerse de los supuestos peligros que la rodean.

A través de un segmento animado de South Park, el cineasta encapsuló un aspecto de la historia del país vecino del norte, donde se muestra que desde los primeros pobladores, quienes fundaron las Colonias, hasta las épocas recientes, pasando por la esclavitud, la guerra civil, el Ku Klux Klan y la segregación racial, los estadounidenses han sido sometidos a un estado permanente de miedo a los indios, a las brujas, a los negros y, ahora más que nunca, a los latinos y a la gran mayoría de inmigrantes.

La cultura del miedo ha sido el caldo de cultivo para que se desarrolle el negocio de las armas de fuego personales, familiares y caseras. Estados Unidos, cuya población sólo alcanza 5% de los habitantes del mundo, posee un poco más de 40% de las armas de uso civil del planeta.

El derecho a poseer armas de fuego para la defensa ciudadana está consagrado en la segunda enmienda de la Constitución estadounidense, cosa que en el país no se discute. La discusión se centra en la necesidad de ponerle limitaciones a la compra de éstas. No es posible que a un muchacho de menos de 21 años le sea restringida la venta de una cerveza y sí pueda adquirir un rifle AK-47 como quien compra un juguete.

Bajo el principio de la libertad, es común que una gran mayoría de norteamericanos tenga en sus casas o vehículos armas para su defensa y la de sus familias. Los estadounidense tienen la creencia de que la posesión de armas los hace un país más seguro. Las estadísticas demuestran lo contrario. En lo que va del año 2018, menos de dos meses, más de 1,800 personas han sido muertas con armas de fuego, según reporte de la organización Gun Violence Archive (Archivo de violencia con armas). En este lapso, y según la misma organización, se han suscitado, en el país más rico del mundo, 18 incidentes con armas de fuego dentro de escuelas, lo que da un promedio de una balacera escolar cada 2.5 días, lo cual resulta alarmante.

De estas 18 balaceras escolares, la más notoria ocurrió el pasado miércoles 14 de febrero en la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas High School, en la ciudad de Parkland, en el estado de Florida, cuando Nikolas Cruz, de 19 años, con un fusil semiautomático AR-15, mató a 17 personas e hirió a 20 más, tres de ellas quedaron al borde de la muerte.

Cruz, que se encuentra encarcelado en espera de juicio, había recibido tratamiento psiquiátrico por un tiempo en una clínica de problemas mentales y fue expulsado del instituto de Parkland el año pasado tras una pelea con la pareja de su exnovia. Según se supo el joven es huérfano y, supuestamente, pertenece a una organización de supremacistas blancos de las que se identifican con la política de Donald Trump. Además, en un chat creado en Instagram realizó comentarios racistas, homofóbicos y antisemitas. Según la cadena CNN, Nikolas “habló sobre matar mexicanos, mantener a los negros encadenados y cortarles el cuello. Las declaraciones no fueron hechas en broma”.

La masacre de Florida se inscribe en una larga lista de sucesos similares acaecidos en Estados Unidos: Las Vegas, 2017, donde un hombre masacró a 58 personas que asistían a un concierto country e hirió a más de 400; Orlando, 2016, un asesino solitario mató a 49 personas que asistían a un club gay; Newton, 2012, Adam Lanza de 20 años entró a la escuela elemental Sandy Hook y acabó con la vida de 20 niños y seis adultos antes de quitarse la suya; Universidad de Virginia Tech, 2007, 32 personas fueron asesinadas y 17 heridas por un estudiante de origen coreano que después se suicidó.

Son muchos los casos ocurridos, durante los últimos años, en la nación vecina del norte, similares a  estos cinco que he puesto aquí a la manera de ejemplo. Se me ocurren tres preguntas: ¿Si estos casos  hubieran sucedido en México o en otra parte del mundo, cuál sería el comentario y la reacción de las “buenas conciencias” estadounidenses ante tamaña degeneración humana? ¿De dónde les viene a los estadounidenses esas ganas de masacrar al prójimo? ¿Eso es producto de la cultura del miedo o  de la cultura del odio?

Mientras tanto, Donald Trump sigue empecinado en construir un muro en la frontera con México para impedir que los “bad hombres”, los narcotraficantes, violadores y asesinos mexicanos pasen a ensuciar su país y permanece indiferente  ante una sociedad enferma que produce masacres como las narradas. Es ahí donde es urgente construir un muro moral sobre el respeto a la vida ajena.