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La cifra oficial dada por el gobierno de la ciudad sobre el número de manifestantes al terminar la marcha de ayer, fue la confesión de una derrota política en las calles, una derrota negada con números falsos.

Viendo las supuestas pantallas que registraban la marcha, el secretario de Gobierno de la ciudad, Martí Batres, dijo que habrían marchado entre 10 mil y 12 mil personas. Le respondió el senador Álvarez Icaza que por esos sesgos al medir es que no queremos que el gobierno mida los votos de los ciudadanos.

Yo conté 10 mil manifestantes, a dedo, en las primeras dos cuadras largas del Paseo de la Reforma, antes de que la marcha empezara.

Llegué al Monumento a la Revolución media hora después, rodeando el cuerpo central de la marcha, que venía atrás y apenas caminaba, de tan llena.

Durante la siguiente hora busqué un lugar adecuado para escuchar el discurso de José Woldenberg. Habló Woldenberg, cantamos el himno nacional, se dispersó la gente. Busqué luego a unos amigos perdidos, hasta la una de la tarde, y a esa hora vi que seguían entrando contingentes plenos al Monumento a la Revolución en espera de oír un discurso que había sido dicho una hora antes.

La desvergüenza numérica del secretario de Gobierno de la ciudad, no resiste la primera foto de lo que fue la manifestación de este domingo, en defensa del INE, el instituto electoral, ése que el gobierno quiere sustituir por una fórmula no sujeta a negociación, según dijo el propio Presidente. Los ciudadanos en las calles de la Ciudad de México y otras cincuenta del país, le dijeron al Presidente que no quieren ver disminuido ni desaparecido su instituto electoral.

Notable que tantos ciudadanos hayan marchado en defensa de una institución, de una sigla: el INE. Y que el orador único de la marcha haya sido José Woldenberg, emblema de la transición democrática de México, desde el más inobjetable de los lugares: el del árbitro imparcial, garante de lo que los ciudadanos quieren: que los votos cuenten y se cuenten. Lograr eso en el México de hoy implica una tarea hercúlea: derrotar a un gobierno que quiere lo contrario.