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En estos días, donde todo mundo habla de futbol, de selecciones, de quién puede ganar y quién puede sorprender, quiero usar otra imagen, una fábula vieja, conocida por todos, pero con una versión aterrizada en la política mexicana: la liebre y la tortuga.

En la fábula original, la liebre es rápida, se sabe favorita, toma ventaja, entonces se confía y se duerme debajo de un árbol; y la tortuga aprovecha, lenta pero constante, avanza paso a paso hasta ganar la carrera. La moraleja clásica es clara: la constancia vence a la soberbia. Pero ahora pensemos otra versión: ¿qué pasa si la que se duerme es la tortuga? ¿Qué pasa si la liebre, además de ser más rápida, decide no confiarse, no descansar, no esperar, sino seguir corriendo?

Esa es, en buena medida, la imagen de la contienda rumbo a 2027 en México.

Morena es hoy la liebre. Es el partido con más fuerza, con más estructura, con más candidatos visibles, con mayor presencia territorial y con más posibilidades, en teoría, de ganar más estados y más distritos. Esto no significa que tenga todo resuelto ni que vaya a ganar automáticamente. Nadie sabe cómo estará el país en 2027, cómo estará la economía, qué escándalos aparecerán, qué tan bien o mal evaluados llegarán los gobiernos estatales, qué pasará con la seguridad o qué errores cometerá cada quien. Pero hoy, si la carrera empezara, Morena aparece adelante.

Y no es que Morena no venga cargando problemas. Desde el verano pasado se acumularon temas incómodos: gastos, viajes, excesos personales de algunos morenistas; después vinieron escándalos como La Barredora, las visas, las listas, las filtraciones, y muchos otros asuntos que han alimentado críticas contra la 4T. Aun así, Morena siguió apareciendo adelante en encuestas y mediciones. Es decir, la liebre sufría tropiezos, pero se levantaba y no dejó de ir al frente.

Ahora esa liebre anuncia su método para elegir candidatos. Y lo hace de manera que cada paso se vuelve noticia. Primero se anuncia el proceso, luego quiénes se inscriben, después quiénes pasan filtros, luego las encuestas, luego quiénes serán representantes, luego municipios, después candidaturas. Cada semana puede haber un anuncio, una lista, una licencia, una conferencia, una circular, una explicación del partido. Todo eso mantiene la atención pública sobre Morena y sus aspirantes.

Eso ya lo vimos en 2024. López Obrador echó a andar con mucha anticipación el proceso de las que él mismo llamó “corcholatas”. Las puso a recorrer el país, a competir, a mostrarse, a construir presencia. Mientras tanto, la oposición seguía discutiendo antes de ponerse de acuerdo con qué método, con qué alianza y con qué candidato. Cuando terminó de decidir, la candidata de Morena ya era, después de López Obrador, la figura política más popular del país. La liebre iba muy adelante y la tortuga seguía entrenando para la carrera.

Morena parece estar repitiendo la fórmula rumbo a 2027, quizá con menos tiempo, pero con la misma lógica: adelantar el proceso, obligar a sus aspirantes a moverse, hacerlos recorrer territorio, exponerlos, medirlos y mantener la agenda pública girando alrededor de ellos. Les dice: salgan, dejen sus cargos si es necesario, recorran sus estados, contacten a la gente, no gasten demasiado, pero hagan política. Y al mismo tiempo les manda otro mensaje: Morena decidirá con reglas, con encuestas, con filtros de honestidad, fama pública, opinión y posibilidades de ganar; con todos los “asegunes” que se les pueda poner.

Eso tiene un efecto doble. Por un lado, ordena la competencia interna. Por otro, pone una etiqueta previa a sus candidatos: quien pase el filtro podrá decir que ya fue revisado, que se midió su honestidad, su reputación y su competitividad. En tiempos de escándalos y señalamientos, eso no es menor. Es una forma de blindaje político, aunque después la realidad pueda ser más compleja.

También empuja la agenda en los estados. El comité nacional manda señales a cada entidad: muévanse, trabajen, inscríbanse, pidan licencia, salgan al territorio. Por ejemplo, si aspirantes dejan sus puestos y se van a recorrer un estado, el tema se vuelve noticia local. Los medios preguntan quién se inscribió, quién pasó el filtro, quién será encuestado y quién puede ganar; y esto se repite en todos los estados y municipios donde lo haga incluso antes de tener candidato, Morena ocupa la conversación.

Y mientras tanto, ¿dónde está la tortuga? aparece quejándose de la liebre. Le dice: no corras tan rápido, no se vale, estás aprovechando tu velocidad, estás adelantando a la carrera. Puede tener razón en algunas críticas, pero eso no sustituye el trabajo. Una tortuga que solo se queja de la velocidad de la liebre, pero no entrena, es equivalente a un partido que no se organiza, no construye candidatos y no define su estrategia, en ambos casos, tanto la tortuga como el partido difícilmente ganan.

Durante años se criticó a Morena por vivir del pasado, por hablar siempre de Calderón, del viejo régimen, de los gobiernos anteriores, y eso por no tener logros que presumir ni historia propia. Pero ahora la oposición corre el riesgo de hacer lo mismo: hablar todo el tiempo de Morena, criticar todo lo que Morena hace, reaccionar a cada movimiento de Morena, pero sin construir una narrativa propia. Y una oposición que solo habla del adversario termina ayudando a que el adversario siga siendo el centro de la conversación.

La elección de 2027 será larga. Morena ya empezó a correr. Tal vez tropiece, tal vez se canse, tal vez sus escándalos compliquen la carrera. Pero por ahora se ve un partido trabajando y otro reclamando.

La moraleja alternativa es sencilla: en política no siempre gana la tortuga constante; a veces gana la liebre si aprende la lección y no se duerme. Y hoy, mientras Morena corre, la oposición todavía parece discutir si vale la pena empezar a caminar.