Minuto a Minuto

Nacional Niño de 6 años muere en kínder de Monclova; familia exige justicia
El niño Ian Gael, de apenas 6 años, murió en un kínder de Monclova, Coahuila, tras caer de unos columpios tras vencerse la estructura
Nacional Asaltan joyería en plaza de Guadalupe, Nuevo León; botín supera el millón de pesos
Al menos tres sujetos asaltaron una joyería ubicada en una plaza comercial de Guadalupe, Nuevo León, el lunes 25 de mayo
Nacional Un muerto en el campamento de la CNTE en CDMX, ¿qué ocurrió?
La Secretaría de Seguridad Ciudadana capitalina (SSC CDMX) confirmó la muerte de un hombre en el plantón de la CNTE
Economía y Finanzas ¿Hay desabasto de combustibles en México? Pemex lo aclara
Pemex reaccionó a versiones periodísticas sobre un supuesto desabasto de combustibles en algunas regiones del país
Internacional Historiador británico Timothy Garton Ash gana el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales
El historiador, periodista y ensayista británico Timothy Garton Ash obtuvo el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2026

Miguel Hidalgo y Costilla es en nuestra cabeza un anciano venerable, Padre de la Patria.

Durante muchos años, después de su muerte, fue solo un cura loco, excomulgado por sus crímenes, jefe ciego de unas turbas que destruyeron lo que encontraron a su paso durante unos meses de orgía plebeya a la que Hidalgo se unió, olvidado de sí mismo, para destruir el Bajío, la región más rica de la Nueva España.

Este es el Hidalgo que pintó José Clemente Orozco en el Hospicio Cabañas de Guadalajara, con una bóveda incendiada a sus espaldas y la mirada en trance, poseído. Es el Hidalgo del que el propio Hidalgo se arrepintió antes de ser fusilado en Chihuahua en 1811, menos de un año después de su revuelta.

El ahora venerable anciano Padre de la Patria era un robusto y guapo párroco criollo de 57 años, volado por las ideas de la ilustración, reconocido apetente de mujeres, agricultor experimental y conversador insuperable en las tertulias de la próspera ciudad minera de Guanajuato, donde la alta sociedad criolla y peninsular jugaba a las cartas y hablaba de todo, entre otras cosas, desde 1808, de la invasión napoleónica que había humillado a España, de la interrupción de la legitimidad de la Corona y de la necesidad de independizarse de la Corona intervenida.

La conversación dio paso a la conspiración independentista. El cura de Dolores quedó apuntado en ella y fue descubierto por las autoridades, junto con los otros conspiradores.

El carismático y efervescente cura de Dolores se fugó hacia delante. Precipitó el llamado a la rebelión a los feligreses de su parroquia y se echó por los caminos, como el Quijote, al frente de quienes quisieron seguirlo, en defensa del legítimo monarca Fernando VII, derrocado por Napoleón, y contra las leyes ilustradas, antirreligiosas, de la usurpación napoleónica.

Las consignas del guapo cura aventurero de Dolores fueron, contra sus propios coqueteos ilustrados: “¡Religión y fueros”! ¡”Viva Fernando VI”!

¿Cómo llegó este fantástico personaje, contradictorio y trágico, a ser el padre venerable, anciano, sabio y soso, de la Patria?

Creo que nadie ha hecho un relato mejor de este milagro de transfiguración histórica que Edmundo O. Gorman. Lo glosaré mañana, si el espacio alcanza.