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A pregunta expresa sobre el internamiento del expresidente López Obrador en el Hospital Militar, lo que ya era un escándalo en redes sociales, la Presidenta respondió tajante: “No sé nada”.

Epitafio de su incomunicación.

También de la falta de asesores de comunicación.

Si, como expresó al día siguiente, era una versión falsa, bastaba con negarlo. Con afirmar que era mentira, con decir que López Obrador estaba sano en su rancho de Chiapas. Tres frases para silenciar el rumor, al contrario lo alimentó asegurando que no sabía.

A diferencia de lo que sucedía con su antecesor en las “Mañaneras”, donde dictaba la agenda política hasta con sus ocurrencias, son los silencios, el posponer la información, el asegurar que será otro quien de a conocer, lo que domina en sus apariciones en cadena nacional.

A eso debe sumarse el desfase inmenso de tiempos.  Como cuando el país estaba incendiado, noticia mundial, por las acciones de un grupo criminal subsecuentes a la detención, muerte, de Nemesio Oseguera.  Cadáveres en la calle, una mujer embarazada víctima de disparos, bloqueos, automóviles incendiados en varias entidades.  Y su respuesta fue que se informaría al día siguiente.

Cuando lo que urgía era un mensaje tranquilizador, palabras que permitiesen creer que el gobierno tenía el control de lo que sucedía.  Silencio como lápida para las instituciones.

Esos silencios contrastan con las veces que se han escuchados frases presidenciales dando instrucciones, en las “Mañaneras”, con el micrófono abierto.

Recordemos el descarrilamiento del tren interoceánico que costo tantas vidas, el silencio presidencial por horas, cuando circulaban fotografías que mostraban la magnitud de la tragedia. ¿Qué sentido puede tener no informar a la ciudadanía, cuando se supone que ella es la primera en conocer todo lo que sucede en nuestro país?

¿O es que no le informan?

Después habría que sumar en esto de la comunicación fallida, aquella fotografía que, no importa que la hayan sacado de contexto, habrá de permanecer en la mente de millones de personas, cuando calla con el dedo a una persona damnificada que le reclama.

¿Y que tal las faltas de Ortografía en la pantalla, como si no hubiese ningún cuidado en el material que presenta la Presidenta, o se dejase pasar intencionalmente para denostarla?

Agréguese las veces que ha dicho, casi casualmente, que desconoce ese dato.

Algo no marcha correctamente en este ámbito.

¿Quién es Antoni Gutiérrez-Rubi, el experto español, autor de libros sobre comunicación, que la asesora, además de Jesús Ramírez Cuevas y Paulina Silva?  ¿Cuánto nos cuesta su sabiduría aplicada a las “Mañaneras”?

¿Será acaso el autor de aquel montaje, todo lo indica así, donde un individuo se acerca en la calle, pese a la seguridad que la rodea, a tocar, en lenguaje de pueblo manosear, a la primera mandataria?  Que, además de todo, fue contraproducente para su imagen.

Lo único cierto es que la comunicación presidencial no funciona como debería y eso incide definitivamente en la percepción social de la Presidenta Sheinbaum.  Habría que estudiar cuánto de su “popularidad” medida en encuestas está inserta en los apoyos sociales y cuánto de esa aceptación se refiere, exclusivamente, a su persona.