Minuto a Minuto

Nacional Hombre sufre quemaduras graves tras descarga cerca del Metro Cuauhtémoc
El STC aclaró que que, según el testimonio del afectado, la descarga ocurrió en el exterior de la red de transporte
Nacional ‘El Pachangas’, alumno del Cetis 33 de Azcapotzalco asesinado
El alumno asesinado frente al Cetis 33 de Azcapotzalco fue identificado como 'el Pachangas'. En redes sociales se lucía con un arma de fuego
Internacional Trump encarará a la ONU entre guerra contra Irán y diplomacia
El conflicto, lanzado en enero por Estados Unidos e Israel, está a punto de cumplir siete meses sin haber alcanzado su objetivo
Entretenimiento “Hay Alejandra para mucho tiempo”, afirma ‘la Guzmán’ tras lesión en la cadera
Alejandra Guzmán anunció también la presentación de una demanda contra un médico que la lastimó mientras estaba en el hospital
Nacional Los 32 estados acuerdan restringir celulares en escuelas, empieza el 3 de noviembre
Se pidió no presentar la medida como prohibición, sino como orientación para recuperar métodos a favor del aprendizaje y el desarrollo

Dice Carlos Tello Díaz en el primer tomo de los tres que tendrá su biografía de Porfirio Díaz, toda ella un desafío a la imagen que los mexicanos tienen del personaje, que Díaz también fue joven alguna vez, y que, como todo joven, alguna vez no tuvo idea de quién era ni de quién iba a ser.

Carlos Tello registra la escena en que Díaz escoge el camino que lo haría lo que fue. Es una escena memorable, que los conocedores de Díaz habrán citado mucho, pero que quizá solo Carlos Tello Díaz ha rodeado de la densidad literaria que revela la profundidad del hecho.

Es el año de 1849 y un muchacho de 19 años llamado Porfirio Díaz, estudiante del Instituto de Ciencias de Oaxaca, ha decidido, al terminar el curso, que se va a inclinar por el estudio de la teología.

En aquel mundo eso quiere decir que seguirá la carrera eclesiástica. Uno de los mentores de Porfirio, que lo ha metido con su influencia al instituto, donde estudió Benito Juárez y estudiaría Matías Romero, lo lleva del brazo a la ceremonia de fin de cursos.

No es un día cualquiera. Toda la pompa y la circunstancia de la que es capaz el estado de Oaxaca se vierten aquella noche sobre el instituto.

Viene a la ceremonia de fin de cursos toda la ciudad famosa de Oaxaca, clérigos y políticos, ricos, militares, y mujeres, las mujeres que normalmente son invisibles en la ciudad, y al final del desfile, el gobernador.

Carlos Tello Díaz revive aquel entorno, aquellas farolas nocturnas en las calles habitualmente sin luz de la ciudad, aquella sucesión de celebridades y carros tirados por caballos que se dan cita a la entrada del instituto.

El último en entrar es el gobernador Benito Juárez.

El mentor de Díaz lo acerca al cogollo del prestigio local. Porfirio estrecha por primera vez la mano de Juárez. Lo estremece “el trato abierto y franco” que ahí ve, tan distinto del que ha visto hasta entonces en el instituto. Esa noche, revuelto en un insomnio que agitan las luces cívicas del acto, Díaz decide no seguir la carrera eclesiástica sino la de Juárez.

No lo sabe, pero esa noche decide ser Porfirio Díaz.