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Es el único presidente del mundo en admitir que la ignorancia es una virtud. Ayer zanjó, a lo pedestre, el tema de las normas para tratar el cáncer en mujeres: “La gente ni sabe qué es eso”. Y, sí, quizá la gente no sabe que es eso. ¡Pero la gente muere por eso, jefe!

Según el propio gobierno, ocho mil mexicanas mueren al año por cáncer de mama y 10 mil por cérvico uterino. Pero ese mismo gobierno eliminó el seguimiento obligatorio, la prescripción, la terapéutica y el diagnóstico de esas enfermedades.

¿Por qué? Porque el presidente dice que la cancelación de las Normas Oficiales para atender esas enfermedades “sólo le importa a quienes venden medicamentos, para mí no es importante”. Y ya: hablemos de cómo ganó Morena el Estado de México.

La verdad es que el presidente parece conocer a lo que él considera la mayoría de sus gobernados, quienes son encerrados, por algunos, en un chiste de mal gusto, aunque a veces las cosas más serias se dicen jugando:

Un mexicano le pregunta a otro:

–En tu opinión, qué le gana más a México ¿la ignorancia o la apatía?

Y el otro le responde:

–No sé, ni me importa.

Como sea, este presidente hizo una reforma constitucional para no evaluar a los maestros que imparten clases en el sistema de educación pública. Y admite que quienes no creen en su gobierno son los que estudiaron “de licenciatura hacia arriba”.

En la explicación del mandatario, las opiniones contra su gobierno (metido en una galopante crisis económica y de seguridad pública) se registran “en las clases media-media, clase media-alta y alta”; mientras sucede lo contrario en los estratos menos instruidos.

Lo argumentó de manera precisa el pasado cinco de enero:

“Ayudar a los pobres es una estrategia política. No es un asunto personal. Porque ayudando a los pobres, uno como gobernante va a la segura, porque cuando se necesite defender al gobierno, se cuenta con ellos”.

Se comprende entonces por qué el presidente

decidió excluir a México de la edición 2022 de la prueba PISA, que cada tres años evalúa a estudiantes de 15 años en 87 naciones, para comprobar el nivel en matemáticas, lectura, escritura y ciencias.

Así que muy bajo será el nivel de inteligencia de nuestros próximos votantes, pues ya, hoy mismo, el 70 por ciento de los mexicanos de 15 años no lee con fluidez ni comprende textos, y tres de cada 10 están dentro del estándar de lectura y comprensión.

Pero bajar el nivel educativo de sus gobernados es lo que marca el librito populista iniciado por Hugo Chávez, quien llamaba “lacras” a los graduados universitarios.

Al fin que “la gente ni sabe”.