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Tal vez sea la tradición o, quizás, todavía no les cae el veinte de que son mayoría, la cuestión es que el pasado sábado durante la instalación de la LXIV Legislatura del Congreso de la Unión, la bancada de Morena se comportó como si fueran la minoritaria izquierda de otros tiempos: rijosa, escandalosa y provocadora. Una izquierda que, como otrora, sigue con la práctica de manifestarse por medio de improvisadas pancartas y cartelones. Señoras y señores del Movimiento de Regeneración Nacional y adláteres, son mayoría legislativa, permitan que sus oradores más selectos fijen con categoría, buena sintaxis y emoción sus posicionamientos sobre los temas y las problemáticas nacionales y apoyen sus posturas con unidad, civilidad y sin exasperación.

Sólo faltó que fieles a sus usos y costumbres hicieran una toma de tribuna para protestar por… Bueno, ya se vería el motivo. Tal vez, la causa de la demanda podría haber sido el hecho de que algunos miembros de la LXIII Legislatura, independientemente del dineral que cobraron en bonos y subsidios, se llevaron a sus hogares u oficinas particulares, computadoras, obras de arte, muebles, equipo y hasta botes de basura que fueron comprados con dinero público. Este vergonzoso acto de pillaje cometido por aquellos que los precedieron en el cargo, fue pasado por alto por los nuevos legisladores que, tal vez, en el fondo de su esencia estén considerando la posibilidad de hacer lo mismo.

Se criticó, obviamente en los medios antilopezobradoristas, el hecho de que los legisladores de la Alianza Juntos Haremos Historia, hayan gritado en repetidas ocasiones, durante la sesión sabatina: “Es un honor estar con Obrador”, lo cual, en opinión de los medios precitados y sus comentaristas, es una mala señal porque contradice la independencia de los poderes. Aquí sí que cada medio se rasga las vestiduras según le conviene. Al parecer nadie se acuerda de los gritos de “Peña”, “Peña”, de hace seis años. Cabe aclarar que de los 308 diputados y de los 70 senadores de la Alianza Juntos Haremos Historia, la gran mayoría llegaron a su cargo auxiliados por la popularidad de Andrés Manuel López Obrador. Son muy pocos los legisladores de la precitada alianza, que hayan llegado al cargo por su identificación con la sociedad y el reconocimiento de los votantes. Inclusive, me atrevo a opinar que debe de haber más de alguno que no han leído la Constitución e ignoran la existencia y autonomía de los tres poderes.

(Abro un paréntesis para hacer una confidencia. En los comicios del primero de julio voté por López Obrador como presidente; por Ausencio Cruz como diputado, por Xóchitl Gálvez y Emilio Álvarez Icaza como senadores. Por los demás candidatos no voté porque ninguno me hizo saber un programa de gobierno o las ideas que defendería, o, inclusive la cara que posee. Como ciudadano tengo derecho a votar por quien quiera e, inclusive, a comunicárselo a los lectores. Como columnista tengo el deber y la libertad de opinar lo que en mi concepto está bien o mal. De ahí mis críticas al colérico comportamiento de la izquierda el sábado pasado. Falta saber si la que hoy llamo izquierda corresponde con su actuación a esta corriente ideológica debido a su composición variopinta. No soy un incondicional de la Alianza Juntos Haremos Historia; si a mi juicio su líder, alguno de sus miembros o la facción en su conjunto, merece una crítica o mi desaprobación la expresaré como hice sobre su ríspida actuación del pasado sábado y como la que he exteriorizado de los gobiernos anteriores desde el 21 de abril del 2009, fecha en la que El Economista me dio la oportunidad de opinar en sus páginas).

También en la sesión del pasado sábado hubo cosas dignas de destacar para bien, como la actuación de Porfirio Muñoz Ledo, el político de mayor experiencia de toda la concurrencia quien en su carácter de Presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados condujo la sesión con sabiduría, inteligencia y una agudeza mental que contradice sus 85 años de edad. El perredista Antonio Ortega —hermano de Jesús, el Chucho mayor— amagó con descalificar a Muñoz Ledo, lo acusó de perder el respeto del pleno con su conducción. Porfirio, con gran sentido del humor, se limitó a contestarle: “Creo que el respeto que usted me tenía era demasiado frágil”.

En compañía de Martí Batres, Dolores Padierna, Jorge Carlos Ramírez Marín, Dulce María Sauri, Miguel Ángel Osorio Chong y Rafael Moreno Valle, Muñoz Ledo recibió de manos del secretario de Gobernación, Alfonso Navarrete Prida, el Sexto Informe de Gobierno de Enrique Peña Nieto; por conducto de su emisario, el Presidente de la Cámara de Diputados, le envió un mensaje al Ejecutivo: “Dígale que nosotros sí pensamos ir a las celebraciones patrias y a su informe de gobierno, que no queremos interrumpir, ni por un instante, la secuencia histórica y constitucional de la República”.

Termino mi columna con la parte más acertada —en mi opinión— del discurso del plurimencionado Muñoz Ledo: “La reconciliación es un método para reconstruir juntos, pero no un subterfugio para olvidar. Nadie puede abolir la historia, ejercemos tanto el derecho a la memoria como el don de la tolerancia y acatamos el imperativo de la justicia. ¡Es la hora cero de la nueva República!”