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Abrazo, Enrique Krauze

Hay momentos de las conferencias “mañaneras” del presidente López Obrador que se parecen a la quema de los réprobos en la plaza pública.

Nombres y prestigios son llevados al micrófono y quemados ahí en anticipación de delitos o inmoralidades (sic) que serán reveladas después o se sacan a colación ahí mismo en frecuente violación de la ley y de cualquier respeto que se pueda tener al debido proceso.

Son lapidaciones públicas que pueden o no tener consecuencias legales, pero que cumplen en sí mismas, quiérase o no, el cometido de lesionar la fama de los aludidos, eso que la expresión inglesa llama con estridencia precisa character assassination: “asesinato de la personalidad”.

El Presidente ha ejercido varias veces en sus conferencias este recurso retórico, una tentación frecuente de la opinión pública y un frecuente atentado contra la salud del debate democrático.

Han sido llevados a esta hoguera mañanera muchos pero indeterminados miembros de la Policía Federal, siete ex funcionarios de la industria eléctrica, el presidente de la Comisión Reguladora de Energía, la prensa conservadora en general, los intelectuales y expertos que “se dicen independientes”, los miembros de la Corte que iban a perdonar impuestos millonarios, los compradores de medicinas del sector salud, los intermediarios de las estancias infantiles, los intermediarios de los refugios para mujeres golpeadas, los productores de un documental sobre el populismo, los cómplices del huachicol incrustados en Pemex, y todos los ex presidentes del neoliberalismo.

El Presidente está urgido, tanto como su sociedad, de que empiecen a verse resultados en materia de corrupción. Parece no tener nada tangible que ofrecer, nada verdaderamente justiciable, y ofrece entonces estos espectáculos justicieros que poco tienen que ver con la justicia.

No creo que haya en el país una sola persona que pida que no se castiguen los delitos cometidos. Pero destruir la fama pública de instituciones y personas con acusaciones genéricas es una forma de castigo espuria y discrecional: autoritaria.

Por lo demás, el único que ha prometido impunidad: suspensión de castigos por delitos cometidos hacia atrás y hacia delante, es el propio Presidente, con la misma discrecionalidad con que decide ahora a quién quema y a quién no.