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Bien visto, lo sucedido ayer en el debate de Hillary y Trump admite la metáfora políticamente incorrecta de faena taurina. Hillary aguantó las primeras arremetidas de Trump y empezó luego a torearlo, a irritarlo, a hacerlo embestir y a mostrarse como es.

Lo hizo interrumpirla muchas veces y hablar mucho de sí mismo, pero de las partes indefendibles de sí mismo: su ocultamiento de impuestos, su lunática tesis de la extranjería de Obama, sus demandas por el racismo de impedir que vivieran en sus edificios inquilinos negros, su baja calidad como empresario, el probable inflamiento de su fortuna, su defensa de conductas policiacas ya prohibidas por la ley, su ignorancia puntual de los compromisos internacionales de Estados Unidos.

Ahí tuvo Hillary Clinton un “momento presidencial”. Las palabras importan, dijo y Estados Unidos respetaba su palabra. Abandonó entonces unos segundos el debate para dirigirse a sus aliados y decir que Estados Unidos siempre honraría sus compromisos internacionales.

Antes había bordado unos pases destruyendo la idea de que un hombre de negocios como Trump puede ser un buen presidente y de que una nación puede manejarse como una empresa. No, y menos por un empresario como Trump que ha quebrado tantas veces, no paga impuestos y a veces tampoco los servicios que contrata, como a un arquitecto, presente en el debate como invitado de Clinton.

Trump embistió con el último aliento diciendo que Hillary no tenía energía para ser presidente. Recibió a cambio un remate inesperado: la descripción de Trump, en sus propias palabras, como un misógino impresentable, capaz de decir que las mujeres embarazadas son mal negocio para los empleadores y de llamar cerdita a una ex reina de belleza, presente en el debate, Alicia Machado, también invitada de Clinton, cuya historia, bien contada, empezó esta semana a circular en los medios.

Una estocada recibiendo.

Trump explicó su derrota diciendo que se habían confabulado contra él, que el conductor había sido parcial y su micrófono no servía. Como el torero que sale con las manos vacías de la plaza diciendo que tuvo al viento en contra.

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