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Quien haga un recuento de las emociones que ganaron el brexit, más que de los argumentos que lo perdieron, recobrará la estela de un espíritu de restitución, el sentimiento de estar recobrando algo que se había perdido.

En primer lugar, el control sobre las propias decisiones políticas, sobre el propio territorio, sobre las propias fronteras.

Hay en el brexit una estela emocional de restitución de soberanía frente a decisiones de élites locales insensibles y burócratas europeos caros y distantes.

Tras esta sensación de estar ganando o recobrando lo perdido está, desde luego, la ilusión o la certidumbre de haber sido mejores, de haber empeorado.

Es lo que Timothy Garton Ash ha llamado, en un artículo extraordinario, “el optimismo nostálgico” de los brexiteers, esa convicción de que “hubo un tiempo en que fuimos grandes sin ayuda de nadie, de modo que podemos volver a serlo” (El País, 26/6/16).

El carácter ilusorio, perverso o francamente mentiroso, de los argumentos probrexit , no le quita un ápice de verdad a las emociones que han llevado a la gente a votar por él.

Sorprende la similitud de esta búsqueda de la grandeza perdida de Reino Unido con la que Donald Trump promete cuando dice que quiere volver otra vez grande a Estados Unidos.

Sorprende menos que esta añoranza conecte de inmediato con la noción de unos políticos que han disminuido la herencia y unos extranjeros que medran de la disminución.

El brexit y Trump son nacionalistas y xenófobos porque sienten que los extranjeros les roban lo que alguna vez tuvieron en abundancia y sus gobernantes no supieron defender: empleos, subsidios, seguridades.

Los votantes del brexit y los de Trump se parecen en esto: esperan la restitución de un mundo destruido por la globalización, que puede recobrarse interrumpiendo esta última.

Lo cierto, sin embargo, es que la globalización ha ido mucho más allá de sus sueños. Gran Bretaña no puede sustraerse a ella sin provocar contradicciones más caras que la globalización misma.

Por ejemplo: como consecuencia del brexit, la mismísima Gran Bretaña podría dejar de existir, si Escocia e Irlanda del Norte, como han anunciado, optan por la independencia para permanecer en la Unión Europea.

El hecho histórico, sin embargo, es que las emociones han votado dejando sobre la mesa un mandato político que no puede, en realidad, ni desoírse ni cumplirse.

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