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A riesgo de ser reiterativo, o precisamente para ello, insistiré hoy en lo dicho en esta columna durante estos días.

A saber: que la epidemia de gobernadores delincuentes que llenan nuestras noticias no son solo un problema de corrupción o cleptocracia personal, sino un problema de malas reglas y de incentivos perversos en el pacto fiscal del federalismo mexicano.

Ese pacto deja en los estados mucho dinero suelto del que no hay que rendir cuentas. Ese es el origen estructural de la epidemia de escándalos de gobernadores que vemos, con lo que quiero decir que la epidemia tiene cura, puede arreglarse cambiando las reglas del pacto y realineando los incentivos.

Es un hecho que la democracia descentralizó el gasto público federal y enriqueció a las haciendas estatales, pero no las hizo responsables.

El dispositivo que convirtió la abundancia presupuestal de estos años en una invitación a la irresponsabilidad financiera y a la corrupción fue el concepto mal entendido, entendido abusivamente, de la soberanía estatal.

En ejercicio abusivo de esa soberanía, la facultad de autorizar el gasto federal en los estados quedó en manos de los congresos locales. Esta facultad ha tenido con el tiempo el más torcido y corruptor de los efectos.

Los gobernadores metieron al reparto de la bolsa federal a sus legisladores y a su oposición, a su comunidad empresarial, a los medios locales y, al final, pudieron ejercer esos recursos a su arbitrio.

Los congresos locales no fueron los vigilantes sino los cómplices del ejercicio presupuestal de sus gobiernos. El mecanismo constitucional de control y competencia entre poderes se volvió de anuencia y complicidad, y esta es la piedra de toque de buena parte de la corrupción que sacude a la República.

Con el dinero de la segunda fiesta petrolera, los presidentes de la democracia aceitaron al Congreso federal, el Congreso federal aceitó a los gobernadores y a los municipios, los gobernadores aceitaron a sus congresos locales, que les aprobaron todos sus gastos.

Hubo dinero de sobra para hacer política y para crear la red horizontal de corrupción cuya diaria evidencia nos abruma.

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