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Si hubiera que decir en una palabra la pasión dominante de la desarticulada ciudadanía mexicana, esa palabra sería “desconfianza”.

Desconfianza, en primerísimo lugar, hacia las instituciones, particularmente en sus ámbitos de procuración de justicia, seguridad, policías.

Desconfianza también hacia la autoridad, en un sentido más amplio, porque no parece una autoridad controlable por la acción de la ciudadanía, ni atenta a los intereses y necesidades de ésta.

Es una autoridad a la que se elige pero a la que no se controla: pasa, pide el voto, lo consigue y no se la vuelve a ver.

Desconfianza, pues, y frustración, en la mirada ciudadana hacia el Estado y sus instituciones.

Pero desconfianza también, acaso más radicalmente, de la ciudadanía hacia sí misma, desconfianza del otro y de los otros apenas se cruzan los linderos de los intereses personales y familiares.

Desconfianza raigal en el impulso societario, la confirmación colectiva del desdichado aforismo sartreano: “El infierno son los otros”.

Y, junto a la desconfianza, el desamparo: el sentimiento de que nadie puede ayudarnos fuera de nuestro círculo próximo. Pocos en quien confiar, pocos a quienes pedir ayuda.

Algo profundo, esencial a la vida de toda comunidad, está ausente en el tejido de emociones hacia lo público y hacia lo privado que hay en la ciudadanía mexicana.

No sé si hubo ese “algo” alguna vez, o si fue destruido en las últimas décadas por la doble avalancha demográfica y migratoria que desacomodó regiones y ciudades, vació pueblos, separó familias, clausuró oficios y tradiciones sin ofrecer horizontes nuevos de mejoría y nuevas identidades protectoras.

Acaso ese “algo” se perdió o acabó de destruirse cuando el poder se fragmentó con la democracia y tuvo su propia explosión demográfica.

La nuestra es una comunidad cívica lesionada en un nervio fundamental de la construcción democrática: la asociación horizontal de los intereses comunes, la confianza, la participación, la exigente fe en la ley y en las instituciones que permite llamar a cuenta a las autoridades, controlarlas, cambiarlas desde abajo.

Nuestro presente ciudadano promete una pobre ciudadanía. (“Informe País sobre la calidad de la ciudadanía en México”, IFE / El Colegio de México, 2014).

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