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De pronto se hizo visible, para el gobierno y para el país, el tamaño de la debilidad mexicana frente a Estados Unidos.

Siempre ha estado ahí, siempre ha sido lo que se llama una relación asimétrica, pero nunca como en estos días un presidente estadunidense sentó a la mesa al gobierno mexicano con una agenda impuesta, decidida de antemano, mediante una amenaza económica, aumentar 5 por ciento los aranceles de nuestro “libre comercio”, con día fijo de cumplimiento, el 10 de junio de 2019, ayer.

Nunca, creo, en los últimos 70 años, se había sentado el gobierno mexicano a negociar con tanta prisa y tan atado de manos como se sentó el gobierno de López Obrador la semana pasada.

Supongo que cualquier presidente estadunidense hubiera podido hacer eso con cualquier gobierno mexicano de las últimas décadas. Pero no había sucedido algo así sino hasta la semana pasada.

Las versiones que circulan sobre la misión negociadora mexicana de estos días abundan en lo mismo: llegaron a escuchar exigencias previamente definidas en materia migratoria del presidente Trump y a intentar no una negociación fructífera sino una rendición lo menos cara posible.

Según las mismas versiones, el mayor control de daños que pudo lograrse fue un plazo de 45 días para demostrarle a Washington que se está reduciendo la migración centroamericana y un aplazamiento de la conversión de México en tercer país seguro, condición exigida por Washington pero salvada por los pelos, al parecer, porque requiere la aprobación del Senado mexicano.

La condición de tercer país seguro obligaría a México a quedarse dentro de su territorio con toda la migración venida de Centroamérica que busque asilo en Estados Unidos.

El control de daños en este aspecto fue que México aceptara “solo” ser responsable de que los migrantes centroamericanos no lleguen a Estados Unidos y de que los que lleguen sean devueltos a México

A cinco meses de estar en el poder, todavía con gran popularidad y autonomía política interna, el nuevo gobierno ha encontrado el mayor y el peor de los contrapesos que hubiera podido soñar: las amenazas económicas de Trump, sus exigencias migratorias y la sorprendente y sorprendida debilidad de México para hablar con su vecino.