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Apenas quedan dudas de que Hillary Clinton ganará la presidencia de Estados Unidos. Los demócratas ganarán también probablemente el Senado. La pregunta es si ganarán también la Cámara de Representantes donde la ventaja republicana es notoria: 232 escaños contra 192 demócratas y 11 indecisos (realclearpolitics.com).

Para un vuelco en esto haría falta que la ventaja actual de Clinton, por casi siete puntos en el voto popular, creciera hasta convertirse en una avalancha.

La exhibición de Trump como un misógino orgánico, y su persistencia suicida en seguirse mostrando como lo que es, parece haber sellado su destino. Lo que preocupa hoy a los expertos es el precio que Trump hará pagar a la democracia de su país por su derrota.

El mecanismo de su cobranza nos es tristemente familiar: Trump ha empezado a denunciar su derrota como el fruto de la trampa de todo un sistema, corrupto y torcido, para impedir su llegada a la Casa Blanca.

No hay antídoto conocido contra la deslealtad democrática de los competidores. Si Trump denuncia su derrota como una consecuencia del contubernio de los intereses creados, echará una sombra larga sobre la confianza de sus seguidores en el sistema político.

De ahí a una mancha de legitimidad del nuevo gobierno hay solo un paso, el paso que hemos dado varias veces en México con las consecuencias de incredulidad y descrédito de la política que nos gobierna.

Aún derrotado, Trump expresa las creencias de al menos un 40% del electorado, enorme cantidad de ciudadanos de carne y hueso que votarán por Trump porque ya  de por sí reniegan de los políticos profesionales y la política  democrática de su país.

El bien que hace un candidato derrotado a la democracia aceptando su derrota es invaluable. Quizá no haya ningún acto tan decisivo en todo el proceso como ése.

Aceptar la derrota es aceptar el juego limpio y la legitimidad del proceso. Por el contrario, atribuir la propia derrota a la trampa de los adversarios, es atentar directamente contra la legitimidad del proceso, y de la democracia misma.

Trump puede acabar mexicanizando en esto a su país.

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