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No parece sorprender a nadie la fractura interna que viene sufriendo desde sus inicios el movimiento político llamado Morena, que es una falsa gorra frigia en morado con la leyenda en minúsculas: nunca pretendió, ni reunía los requisitos para, conformar un partido político serio.

Morena fue, y puto el que no lo reconozca, el principal beneficiario y catalizador de una frustración acumulada por decenios de gobiernos mayormente ineficientes y cínicos, que a la vez que no pudo detener el avance del desarrollo tecnológico transformador inevitable del hoy odiado neoliberalismo de los años de la posguerra, fue igualmente incapaz de deshacerse del embrujo de la hereditaria corrupción.

Sus integrantes originales fueron resabios de la vieja izquierda mexicana, muy pocos, que conservaban los ideales del poder popular para los trabajadores. Ellos lograron captar a una minoría de priistas molestos con el método con el que todo el tiempo se habían repartido los panes y los peces del poder; decidieron adoptar otro evangelio menos cínico en su metodología. De esa suerte, los priistas de cepa, como Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez de Navarrete y Rodolfo González Guevara tomaron el mando endeble de la izquierda mexicana.

Luego iba a desgranarse la mazorca del priismo, que vieron en la corriente democrática la oportunidad de la toma del poder desde dentro. Ahí estaba el más hábil y perverso de todos, Andrés Manuel López Obrador.

A mí tampoco me sorprendió que esta semana que fenece la primera intentona del centro moreno de “dar línea” se haya dado en Monterrey. Aquí fue la encerrona de Ariadna Montiel, supuesta mandamás nacional de Morena, resultante del desesperado enroque de la señora presidenta con A, con los diputados morenistas en el Congreso local. Nunca sabremos cuál fue la línea. Lo único que entendieron es que no deben decir nada de lo que en esa reunión se habló.

Los morenos no le entienden a este territorio. Aquí se hace política a dos manos, rechazando el principio anquilosado de que no puede coexistir el éxito industrial con la solidaridad social del empresario. En Monterrey, en Monclova, en Ramos Arizpe, en todo el Norte, el ejemplo del capitalismo humanizado de Don Eugenio Garza Sada está muy arraigado y constituye la raíz del envión que jaló a un trabajo de alto grado de productividad. Algo que los propagandistas del fraude ese de la semana de cuarenta horas no pueden entender. Son los mismos que quieren que los alumnos vayan menos horas a la escuela y los obreros asistan 40 horas a su chamba.

El asunto no es cualitativo: las horas no tienen nada que ver con la calidad de la educación y la productividad de las horas-hombre. Por eso Morena sabe en su crisis que en el norte su populismo no puede amarrar.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Pocos augurios de éxito hay para México en la Copa Infantino que comienza en veinte días. Entre los precios de las entradas a los estadios, las mermas que a los equipos hará la política, y los daños colaterales como no me puedo imaginar una huelga de controladores aéreos que se acerca, sólo puedo pensar, con nostalgia:

¡Invéntense la reencarnación de Mar Castro en la tele!
Le decíamos, en 1986, La Chiquitibum.
Tampoco ahora vamos a llegar al cuarto partido.

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