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En celebración de Rosario.

Dice Italo Calvino en un pasaje de Las ciudades invisibles:

“La ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas… La mirada recorre las calles como páginas escritas”.

A lo largo de Las ciudades invisibles, Marco Polo refiere al Gran Kan su recuerdo o su invención de ciudades tan diversas que en el recuerdo tienden a ser inagotables, infinitas.

Creo no exagerar si digo que algo comparable ha hecho Héctor de Mauleón con la única ciudad a la que ha dedicado su mirada y su memoria: la inagotable Ciudad de México, a su manera también infinita, que De Mauleón ha creado en sus crónicas.

La ciudad que nos inventa (Cal y Arena, 2015) es el libro que contiene este ejercicio del mayor refinamiento histórico y literario.

El título recoge una línea de Octavio Paz y ampara una colección de crónicas que pueden leerse como una historia personal, una autobiografía, de la Ciudad de México.

El primer texto de esta historia personalísima nos devuelve al año de 1509 y a la cámara de oscuras revelaciones donde Moctezuma vio por primera vez a los teúles.

El último se detiene en el año 2014, recordando lo que el Paseo de la Reforma fue y ha dejado de ser, y lo que empieza a ser bajo el imperio de las gigantescas torres que se alzan en su horizonte, como venidas del futuro.

El libro reúne 114 crónicas y es como un acordeón de tiempos y nostalgias, un mural de historias invisibles y sorprendentes que la ciudad inventa en la mirada del cronista, suscita en su memoria, archiva en su corazón.

De Mauleón va por los corredores de la memoria de la antigua ciudad de los palacios como por una revelación continua. Todo lo que ve le habla de otro tiempo, de otra historia, de las mismas y otras construcciones, las mismas y otras calles, el mismo y otro de Mauleón.

He aquí un libro único, a su manera infinito e inagotable, como la ciudad que lo inventa.

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