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Esta semana la Ciudad de México trata de recuperar su ritmo tras la desgracia de hace 140 horas. Las escuelas que son habitables reciben de vuelta a los alumnos, los negocios que se mantienen de pie levantan la cortina y cada actividad económica, que ha podido paliar los daños causados, trata de ponerse de vuelta en activo.

Nada vuelve a ser igual, lo sabemos los que vivimos el sismo de 1985. Pero también tenemos claro que si nos tocó sobrevivir es para seguir adelante.

Ahora empiezan a develarse otras historias que van más allá de la urgencia de la búsqueda de supervivientes entre los escombros.

Una emergencia que hoy se mantiene latente es que son decenas de miles de personas que viven damnificadas, lo mismo en la colonia Roma de la Ciudad de México, que en Jojutla, Morelos, que en Juchitán, Oaxaca.

La poca cultura financiera hace que la gran mayoría de las personas que perdieron sus hogares no cuenten con un seguro de daños que cubra al menos una parte de sus casas habitación.

En el caso de la Ciudad de México, la mayor parte de las afectaciones se dio en inmuebles con muchos años de antigüedad que ya no son sujetos de créditos hipotecarios y por lo tanto no contarían con un seguro contra daños que es obligatorio en un crédito de este tipo.

Se tendrán que destinar créditos blandos y con condiciones preferentes para la reedificación y eso tiene que ser con cargo a las finanzas públicas.

Con el derrumbe de muchos edificios de reciente construcción quedan al descubierto muchos actos de corrupción, de esos que aquí en este país suelen quedar impunes.

Hay historias como aquella fábrica de textiles que se vino abajo con una plantilla de trabajadores chinos dentro de los que se desconoce su situación migratoria y laboral.

Es la repetición de una historia del 85 cuando miles de costureras murieron atrapadas en auténticos hoyos de esclavitud en pleno centro de la Ciudad de México.

Durante el fin de semana se multiplicaron las historias de un uso inadecuado de los recursos donados por millones de mexicanos, que si bien puede ser una minoría de los bienes traspasados, pero que desalientan la buena voluntad social.

Ni uno solo de los partidos políticos que aseguran que habrán de donar millones de pesos ha podido hacerlo de manera desinteresada, todos sin excepción han tratado de hacer rendir su dinero con propaganda, algunos con su habitual mal gusto.

Es momento de contener los ánimos populistas que asechan al presupuesto. Porque hoy resulta que los extremos se juntan y Morena y el PAN hoy comparten el mismo discurso simplón.

Si le digo que adivine quién cree que cancelando los celulares a los funcionarios se tiene dinero para el rescate, ¿quién me diría: López Obrador o Ricardo Anaya? La respuesta es: los dos que hoy parecen pensar igual.

Otro capítulo que habrá de documentarse de aquí en adelante es el de los daños al patrimonio histórico del país, sobre todo por los templos, conventos y haciendas que se perdieron en Morelos.

En fin, que son momentos complejos. Pero la vida sigue.