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Esta historia sucedió hace varios meses. Es completamente real. No la había publicado en las páginas de El Economista, en parte porque las autoridades de la Secretaría de Seguridad de la Ciudad de México me pidieron que no lo hiciera para no prevenir a los malhechores y en parte porque cada vez que recuerdo lo sucedido me da coraje conmigo mismo y… sinceramente, siento mucha vergüenza ante los demás por haber sido tan pendejo. No encuentro un calificativo mejor ni más contundente. La banda de malandrines ya cayó, por eso ahora lo cuento. Lo hago para advertir a los lectores de la forma de operar de estos cabrones que, vaya usted a saber si debido al sistema penal de puertas giratorias tardaron más en entrar a la cárcel que en salir de ella y ya están de nuevo en la calle ejerciendo su modus vivendi —modus operandi, modus jodiendi—. Aunque dudo mucho que vuelvan a encontrar alguien más tonto, imbécil e ingenuo que yo. Ahí les va una reseña de los hechos. Les pido que no se burlen.

1. Salgo de mi casa para dirigirme a un cajero de un banco cercano. Voy en mi coche —no diré la marca, si la digo le haré mala publicidad: “Auto X, el auto de los pendejos”.

2. Estaciono el auto afuera del banco. De prisa saco dinero del cajero. Abordé mi automóvil y circulé por Av. Universidad, una primera persona (hombre) me indica, por señas, que mi llanta se viene moviendo. Unos metros más adelante otro señor me hace la misma seña con mayor énfasis. Por último una señora me indica lo mismo.

3. Me toca el alto y un joven vestido con un overol de mecánico amablemente me dice que con las ruedas así no puedo seguir circulando porque es peligroso, que si traigo gato él y un compañero me van a arreglar el coche rápidamente “ahí nomás nos da pa’l chesco”. Me señala que avance lentamente hasta una calle que es cerrada. Ya estacionado el vehículo llega el compañero con una especie de maleta con herramientas. “Mi jefe, de seguro se golpeó contra un bache o un banquetazo”. Me dicen que pise el freno, que no deje de hacerlo y supuestamente (ahora así reflexiono pero en el momento creo que es verdad) me enseñan unas piezas rotas y polvosas. “Hay que cambiarle todo el sistema. Pero es rápido”. A mí que lo único que me interesa es no perder más tiempo, les digo que lo hagan, sin pedirles un presupuesto.

4. Llega una persona mayor, es el ingeniero. Me pide no dejar de pisar el freno para “no volarles un dedo a los muchachos”. Se sube al auto del lado del copiloto. Me enseña unas refacciones nuevas, envueltas y selladas en bolsas de plástico con el logotipo de la marca X -el auto de los súper pendejos-. Rápidamente y con gran labia les entrega las piezas a los ayudantes supuestamente para que se las pongan. Hace cuentas y números que apunta en un block de remisión con logotipo de un taller mecánico.

5. El auto queda arreglado en 20 minutos. El “inge” —a su madre— me enseña la remisión donde ha ido sumando las piezas (a estas alturas ya no sé ni cuántas me enseñó, o si les entregó a sus muchachos las mismas piezas varias veces). A partir de aquí empieza mi confusión. Según las cuentas del supuesto ingeniero de refacciones son 58,800. Todavía me pregunta si quiero factura le digo que sí y le sube el IVA 9,376 pesos. Son 68,176 pesos en total. Le digo que me parece una exageración y me dice: en la agencia eso le cuesta entre 80 mil y 100,000 pesos.

6. Le comento que no tengo ese dinero, que me dé chance y mañana se lo pago. Dice que no se puede porque el a la una de la tarde debe de entregar cuentas al hijo del dueño del taller. Pendejamente les digo que venga uno conmigo para pasar por mi chequera a mi casa y luego a una sociedad a la que pertenezco para pedir dinero que me lo depositarán en mi cuenta y darles un cheque. Por órdenes del ingeniero los dos chalanes van conmigo. Me paro afuera de mi casa. Ellos permanecen en el auto. Saco mi chequera. Vamos a la sociedad donde me hacen una transferencia bancaria a mi cuenta. Ellos siguen en el auto.

7. Me piden que les haga el cheque a nombre de uno de ellos. Luego cotejé y el tipo aparecía en Facebook y sí poseía una cuenta bancaria. A estas alturas ya la urgencia que tenía pasó a segundo término. Voy a la agencia que vende coches para los que somos sesenta mil veces pendejos. Ahí me informan  que hacer lo que supuestamente hicieron cuesta 37,320 pesos y que así ya han llegado varios clientes con el mismo tipo de fraude pero yo rompí récord de cantidad monetaria. Además, me dicen, para hacer este trabajo se requiere de, cuando menos, medio día.

8. Un amigo me conecta con uno de los jefes de la Secretaría de Seguridad, quien me dice que le darán seguimiento a mi caso. Luego supe que atraparon a estos pinches ojetes. Jamás volví a ver mi dinero. Ojalá y a usted no le pase algo parecido. Se siente horrible.