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Espeluznantes las cifras del Inegi sobre hombres jóvenes muertos por la violencia que asola al país. Durante 2024, la primera causa de muerte en mexicanos de 15 a 24 años fue el homicidio. También esa fue la mayor causa de muerte entre hombres de 25 a 34 años. La siega de hombres jóvenes del año pasado alcanzó la cifra de 21 mil asesinados.

No se llega a tales cifras de un salto, sino por una tendencia. Los homicidios dolosos de México tienen hace muchos años esta característica: los que más mueren por violencia son hombres de entre 15 y 34 años.

No tengo a la mano las cifras, pero podría apostar que las muertes de esa cohorte de edad, entre 2018 y 2024, superan las bajas mortales de jóvenes soldados ucranianos reconocidos por el presidente Zelenski en diciembre de 2024: 43 mil caídos desde el inicio de la invasión rusa, en febrero de 2022.

El crimen en México libra una guerra intestina que tiene dimensiones de guerra civil en su cantidad de muertes.

No hay una sola causa noble, una sola idea defendible, en la guerra criminal que sufre México y en esas muertes. Toda esa violencia es hija de la codicia y de la sevicia, hija de una facilidad para matar que empieza a parecerse mucho a la frialdad del mal puro, ese que no tiene culpa ni freno interno, ese para el cual todo está permitido, porque nada fundamental está prohibido.

El mal en estado puro está diezmando a la población joven de México, produce día con día, desde hace varios años, un crimen colectivo que hay que llamar juvenicidio.

La palabra juvenicidio no está en el diccionario de la Real Academia Española. Está referido en internet como un concepto “nacido del dolor”.

Significa, “en síntesis, tematizar la muerte violenta de jóvenes, en clave de relaciones estructurales de opresión, con responsabilidad central del Estado”.

Se diría que la responsabilidad central del Estado mexicano en estos años ha sido la omisión: una frialdad gemela a la del mal.

La omisión ha sido intencional y fría. Todos sabemos la desdichada frase que le dio lema y excusa a esa indiferencia: “Abrazos, no balazos”.