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Al sacerdote Hugo Valdemar le indigna mi equiparación del joven titular federal de Bibliotecas con el anciano ciego de El nombre de la Rosa, ya que Jorge de Burgos “no expurgaba de su maravillosa biblioteca libros non sanctos: los ocultaba porque era un hombre cultísimo, no un imbécil. No inquisidor sino bibliotecario, por ende, un hombre sumamente ilustrado. Escondía pero no destruía libros que le parecían peligrosos. No estaba de acuerdo con esas ideas, pero justo por su cultura valoraba todo con lo que difería. Su problema no era intolerancia sino miedo a la libertad de pensamiento. De ahí que no era capaz de destruir libros que a su juicio contenían ideas heréticas”.

Y recuerda una realidad: “Muchas obras de pensadores paganos se salvaron gracias a la salvaguarda y reproducción de esos preciosos manuscritos. Los monasterios se convirtieron en el resguardo y la memoria de la civilización. Si los monjes hubieran tenido la intolerancia y la estulticia de Marx, el texcocano, no conoceríamos muchas de las obras de los filósofos griegos y latinos ni gran parte de la inmoral literatura clásica. Por fortuna, el conocimiento que tenían los hacía abiertos y mucho más tolerantes que los intolerantes, éstos sí, que han bautizado a esa época y a esa Iglesia como las del oscurantismo. Esconder o privar de la lectura de ciertas obras es muy distinto a destruir. Destruye el ignorante. El sabio tolera y resguarda, inclusive aquello con lo que no está de acuerdo…”.

Ojalá mi respetado ex vocero de la Arquidiócesis de México me absuelva. Confieso que fui consciente de mi arbitrariedad mientras escribía El asalto… de ayer y que el cura de la novela no se propuso quemar libros; pero aproveché la quemazón en la novela para colgarle a Jorge-Marx la intención de hacerlo.

Aclaraciones aparte, la denuncia de Verónica Murguía y David Huerta espeluzna porque al titular de Bibliotecas le escuece que a los recintos que dirige lleguen obras “muchas veces con cierta carga ideológica“, y que ejemplificara: “Había textos de Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze”.

Ignora lo elemental: toda literatura (periodismo incluido) proyecta filias y fobias políticas e ideológicas de sus autores.

De ahí que tanto me divierta imaginar a Marx Arriaga depurando 7 mil 400 y pico de bibliotecas de los escritos que suponga “con cierta carga ideológica”.

Por citar algunos, propongo que elimine a los tóxicos Homero, Séneca, Dante, Virgilio, Cervantes, Shakespeare, San Juan de la Cruz, Quevedo, Santa Teresa de Jesús, Calderón de la Barca, Beckett, Whitman, Proust, Solzhenitsyn, Foucault, Pérez Reverte, Vargas Llosa, Lorca, Cela, Machado, Benedetti, Sábato, Asturias, Chesterton, Cernuda, García Márquez, Galeano, Borges, Lenin, Camus, Valéry, Hemingway, Orwell, Nietzsche, Heidegger, Ortega y Gasset, Pasternak, Balzac,Proust, Kafka, Flaubert, Capote, Joyce, Dickens, Guillén, Melville, Chéjov, Faulkner, Fitzgerald, Stendhal, Bulnes, Rulfo, Ibargüengoitia, Leñero, Taibo II…

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