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¡Y quién puede presumir de haber tenido solo luces…! Florestán

La tarde del domingo 8 de noviembre de 1970 murió Agustín Lara en el Hospital Inglés de Observatorio, al que mes y medio antes Jacobo me había mandado porque iban a ingresarlo. Y allí estaba yo esperando desde las cinco de la mañana hasta que a las seis vi a una enérgica mujer, perfectamente arreglada, Amalita Gómez Zepeda, secretaria de todas las confianzas de don Emilio Azcárraga Vidaurreta, acompañando a un hombre muy delgado envuelto en un gran abrigo.

Le reporté a Jacobo y me dijo que escribiera la nota para el noticiario de la noche, 24 horas, que acababa de iniciar dos meses antes, en septiembre, y al que yo me había agregado dos semanas después, desde Copenhague, donde cubría la asamblea conjunta del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional.

Pasé semanas en la sala de visitas del hospital, con un grupo de reporteros, pero Lara se resistía. Antes, murió el general Lázaro Cárdenas, el 19 de octubre.

Al atardecer de aquel domingo 8 de noviembre, llamé a Jacobo a su casa y le dije que Lara había muerto. Nos encontramos en el hospital y seguimos la ambulancia mortuoria que trasladó sus restos a la agencia de Félix Cuevas. Ingresamos juntos a un sótano y con la frialdad de lo cotidiano, dos operadores bajaron un costal negro con los restos del compositor más famoso de México y allí lo dejaron en una camilla, entre solo y abandonado.

El lunes por la noche tenía lista mi crónica, que Jacobo no quiso ver, como siempre revisaba. Camino al estudio, me dijo: Vas a ver que mañana no va a faltar el cursi que escriba:“ya se apagó el farolito”.

Lo alcanzo enseguida, le dije, se me olvidó una parte del texto.

Y en el pasillo taché la primera línea de mi crónica: “ayer se apagó el farolito”.

Esa era la intuición periodística de Jacobo que podía corregir la nota de un reportero tantas veces, hasta que quedara como debía quedar.

Era la generosidad de la enseñanza de este oficio, y de la vida, pero también el rigor.

Cuando Jacobo inició, por un proyecto de Emilio Azcárraga Milmo, el Noticiero 24 horas, no había reporteros en la televisión porque en la televisión no se hacía periodismo. Él nos abrió la puerta a todos, aun a quienes lo quieran negar, y tenemos que reconocer, y yo agradecer, que hubiera derribado ese muro.

Ayer por la mañana, cuando me enteré de su muerte, me sentí triste, consternado; tristeza y consternación que no me dejaron en todo el día, ni quise que me dejaran. Tristeza y consternación al abrazar a Sarita, a Abraham, a Diana, a Jorge frente al ataúd de madera de pino de Jacobo, cubierto con un lienzo negro y una estrella de David; tristeza y consternación al recordarlo en la radio; tristeza y consternación en el noticiario que él hizo durante casi 28 años: tristeza y consternación al recordarlo y escribir estas líneas.

Adiós, amigo.

Gracias.

Por vacaciones nos vemos el próximo martes 28

 

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